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Periódico digital del Norte de Tenerife

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ANGELES PELIGROSOS

Dania Ferro

 

DANIA FERRO¿Quién no ha soñado con poder encontrarse a un ángel? Conozco a alguien que siempre recordará aquella repetida frase que le decía su abuela cuando iba a dormir: ¡que sueñes con los ángeles! Era ella una niña en ese tiempo -me cuenta- para entender a ciencia cierta la diferencia real que existía entre los ángeles o los demonios. Aunque algo sí podía entender: “los ángeles parecían ser buenos y los demonios malos”.

 

Se daba cuenta que los demonios nunca eran mencionados, nadie le recomendaba nunca que soñara con ellos, y todo lo malo solía estar vinculado de algún modo con los mismos. “¡No digas éso, son cosas del demonio!”, le decían siempre las personas mayores. “¡No me hables de él, es un demonio!, le oía decir a otros. “¡Vete para el demonio! Esta solía ser la peor ofensa o el final de una ira terrible.

 

Fue creyendo y creciendo entonces con aquel miedo atroz inculcado contra esos demonios terribles y con aquella bendita pasión y devoción por los aclamados ángeles buenos.”

 

La adolescencia llegó a su vida y conoció algunos amigos, ninguno se llamaba Ángel. Cumplió sus 21 y seguía esperando a su ‘Ángel’; ese ángel que siempre quería su abuela que ella encontrara en sus sueños… Y era tanta su obsesión que a todos les preguntaba alguna vez: ¿conoces tú a alguien que se llame Ángel? Y las preguntas seguían el curso exagerado de: ¿Crees en los ángeles? ¿Te gustan los ángeles? ¿Haz visto algún día a un ángel verdadero? Se pasaba horas imaginando cómo sería cuando lo tuviera al fin delante. Cómo pudiera venir vestido, cómo sería su voz, su sonrisa, sus ojos. Seguro tendría una mirada hermosa, infinita, sana y cautivadora que la dejaría completamente enamorada. ¡Ella lo amaría tanto! ¡Y él la amaría tanto a ella! que ya nunca más volvería a quejársele a la vida por falta de amor. Le escribiría poemas y le hablaría de su felicidad.

 

Conoció a algunos Lázaros, Yosvanis, Micheles, Yadieles... pero siempre temerosa que debajo de tantos nombres extraños que iba conociendo en su juventud, se escondiera un demonio de los que la amenazaban. Sufrió algunas decepciones en sus relaciones. Su problema, repetía con valentía y sinceridad, era el mismo siempre: no se entregaba, no les creía, ninguno de ellos se llamaba "Ángel".

 

Pasó algún tiempo. Y finalmente, un día, llegó el "ángel" que terminaría partiendo su vida en dos pedazos, peor que cualquier otro demonio de los peores.

 

Se llamaba Ángel, se portaba como ángel. Tenía todas las características físicas y espirituales que había deseado y esperado —o al menos de éso la convenció a ella. Su Ángel tenía ojos de estrellas, narisita de anjonjolí, boquita bien pintada, manos cariñosas, infinita la mirada. Se convirtió en su gota de lluvia, su pedazo de cielo, su franja naranja del arcoiris...

 

Ella se entregó, le creyó, le escribió poemas y le habló de su felicidad. Y el ángel un día se tornó demonio… Gritaba, insultaba, hería, mentía, tenía vicios terrenales, olvidaba ser fiel y tener un buen propósito de vida. Descuidaba el amor; ignoraba su llanto, no creía en la palabras tolerancia, eternidad; nunca buscó de Dios… Después de sufrimientos continuos, de dolores que duelen, de ausencias, miedos, silencios, dudas; llegó a entender que a su Ángel le faltaban alas verdaderas, quizás las celestiales... Llegó a entender que ella lo que merecía era ¡Un hombre real!

 

Ya ella nunca más ha vuelto a hablar de ángeles —y promete no volver a hacerlo— porque aprendió a respetarlos tanto o más que a los demonios.

 

Si es usted de los que todavía le gusta que le recomienden dormir con los ángeles, le sugiero abra sus ojos y decida bien con cuales de ellos se va a dormir… Recuerde: ¡Existen ángeles peligrosos!

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