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Periódico digital del Norte de Tenerife

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AQUELLOS MALOS TIEMPOS

Aquellos malos tiempos epidémicos

 

Esteban Domínguez

 

1 ESTEBANVivimos en unos tiempos de los más duros y crudos que yo recuerdo, a pesar de que mi infancia no fue nada grata ni con mi familia, ni con migo. Las enfermedades y epidemias, no cabe duda que truncaron nuestras vidas y las dejaron marcadas para siempre en nuestros pulmones.

Potaje de berros en cantidad, jugo de rolo de platanera y manzanas asadas al horno de leña, eran los alimentos recomendados con don Joaquín García Estrada medico que nos salvó la vida en aquellos ya lejanos años del alo 48 en adelante.

Dura fue la lucha de mis padres y familiares por hacer frente a tres enfermos contagiados de la misma epidemia. El pulmón fue quién sufría el ataque y aquí quedó la huella: la que aún a estas alturas, detestan los médicos cuando pasamos por Rayos X, como vulgarmente se decía.

Pero estábamos hechos para vivir. Dicho sea de otra manera: no estaba en los planes de Dios, llamarnos a tan corta edad, y aquí teníamos que desarrollar nuestro cometido. La enfermedad, ya no sólo marcó nuestras vidas, por lo menos la mía desde muy niño, sino también la de mi tía y prima. Tres enfermos en la misma familia y dos de ellos muy graves: 8 achos estuvo mi tía en cama; 12 mi prima, y cerca de 4 me tocaron a quien esto suscribe. El baso se colmó con la hospitalización de mi madre en la clínica Llabre de Santa Cruz para ser intervenida de la matriz. Triste panorama se nos presentó a la familia en unos tiempos muy duros, donde la miseria y el hambre estaban presentes, pero Dios estaba con nosotros. Y ante la Virgen del Carmen, mi madre derramó muchas lágrimas antes de que el convento fuera devorado por el fuego.

 Recuerdo perfectamente y con 7 años, cuando en aquel inolvidable día del 21 de febrero de 1952, mi madre me saca de la cama envuelto en una manta para que viera desde la escalara como una fuerte columna de huno acababa con el convento de San Agustín. En aquellas viejas paredes del convento cada miércoles cuando visitábamos al médico, mi madre me llevaba a ser a la Virgen. Ella se postraba de rodillas y por su cara bajaban un chorro de lágrimas que yo nunca supe comprender porque mi madre lloraba ante la Virgen. Al preguntarle madre porque lloras me dijo: “cállate hijo, tu esto ahora no lo entiendes”. Tenía yo 7 años, nunca y hasta que la enfermedad iba desapareciendo muy lentamente de mi; mi madre fue entonces cuado me contó que lloraba ante la Virgen porque le estaba pidiendo por nuestras vidas. Porque mejoráramos y nos diera salud.

Mi hermano y mi hermana estaban al cuidado de mis primas Catalina y Victoria, así como mi padre. Ellos nos daban de comer mientras mi madre permanecía ingresada en la ya citada clínica. Y el practicando don Marcos redondeaba la faena diaria inyectándonos dos veces al día.

Mi tía María que tenía en sus manos la responsabilidad de cuidar a mi tía Chana y a mi prima Saturnina, se vio en la necesidad de pedir limosna para poder darle de comer a dos enfermas. No había otro remedio. En muchas ocasiones acudía a San Agustín descalza a la carnicería de doña Rosalía Ojeda, en busca de unos huesos para hacer una sopa. Aquella mujer de gran corazón, se comportó muy bien en aquellos momentos de pura agonía. A cambio mi tía María, acudía a Icod el Alto a comprar huevos por encargo de doña Rosalía Ojeda, y así poder pagarle el favor de aquellos huevos que cada sábado recibía para alimentar con una sopa, a dos enfermas que lo pasaron muy mal, y porque Dios aprieta, no ahoga, y aquellas enfermedades se sanaron gracias al milagro que la Virgen del Carmen hizo después de 12 años de pleno martirio  para Saturnina que fue la mayor afectada.   

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