Periódico digital del Norte de Tenerife
Celestino González Herreros
CUANDO EL OTOÑO TRASPONE EL UMBRAL DEL TIEMPO
Uno, a veces, por imperiosas necesidades, se ve obligado abandonar el acostumbrado estilo, respecto a la habitual temática de los artículos que escribimos. Sé que tengo en ascuas, modestia aparte, a un valiente grupo de seguidores que me buscan en las páginas de este Blog y cuando cambio de tema algunas veces con lo que escribo, también me siguen. Aunque lo parezca no soy tan polifacético. Lo mío es andar por los causes del amor, metáforas sentimentales con esencias poéticas…Despertar sentimientos del letargo de los sueños, o darles vida a través de entender cuanto escribo. Es como si lo hiciera sólo para mí, disimulando mi ego latente y llegara a confundirme con el callado sentir de los demás.
Hasta en el otoño la música suena distinta, más melodiosa y melancólica y con profunda sutileza, de tal modo, que, hasta llega a embriagar con sus compases de hiriente contenido sentimental. En el otoño todo parece entristecernos, se percibe una extraña mansedumbre que nos llega a subyugar. Es cierto que todo nuestro entorno se entristece, mejor digamos, que nos va renovando paulatinamente, a medida que van pasando los días y los despojos de la vida caen como hojas secas al polvoriento asfalto… Uno siente, también, que nuestros desechos y faltas van condicionándonos; y mientras dure esa corta etapa de nuestra vida, intuiremos un cambio sensual y de evidente estima, a causa de nuestra renovación material y a la vez espiritual... El otoño más parece tormentoso. Tardes grises y brisas intempestivas, largas noches de cielos desangelados y oscuros, sin estrellas que los custodien y lúgubres claros de Luna que aparecen cual fantasmas en la inmensidad del cosmos sin decirnos nada, sólo anunciándonos la lejanía de nuestras percepciones; y ocultándonos súbitamente, con ademán parsimonioso, toda su negrura tras los hoscos perfiles del firmamento.
Ello también invita a soñar, y en ese onírico laberinto solemos hallar la paz deseada, la ilusión perdida y el camino luminoso que nos deparan las cosas perdidas, ilusoria meta de nuestros sueños. Como si fuera un espejismo en el desértico mundo de nuestras vidas.
Todo es renovación y vida, cuando el otoño traspone el umbral del tiempo y se acerca a nosotros. Los árboles comienzan a desnudarse desprendiéndose de sus hojas muertas… Las tardes se tornan grises y melancólicas. Mientras acontecen los cambios climáticos, las lluvias vuelven y los campos reverdecen, son espectaculares los distintos paisajes en los pueblos, montes y laderas. El campo parece que hasta sonríe y el corazón se nos insufla de gratitud por todo cuanto va aconteciendo. Las aves ya rondan expectantes sus viejos nidos de amor; todos sentimos necesidad de amar más, cuando llega el invierno. Los encuentros no son casuales, una nueva etapa en nuestro tiempo nos abre las puertas y nos brinda otra y distinta ocasión de estar más cerca.
El cielo, cada nuevo otoño se va cubriendo desde el naciente de hermosas nubes y a la vez amenazantes, nubes que buscan el verde de nuestros pinares y llevan consigo toda la melancolía del verano que muere y se ausenta en el desértico mundo de las soledades. Las nubes son diferentes, ahora parecen enormes masas de algodón, increíblemente bellas y sus formas son sugestivas, parecen fantasmagóricas y caprichosas figuras. Apetece contemplarlas reflexivamente y acompañan en sus delirios al poeta, que suele acariciarlas en sus comentarios líricos... El silencio del otoño siempre fue cómplice de los más fervientes enamorados, invita a soñar y jugar con ellas, perdernos en su espesura y acariciar su blancura. En el otoño, las nubes y el cielo son como endiosados y amorosos espejismos que nos llaman insistentemente...