Periódico digital del Norte de Tenerife
Celestino González Herreros
CUANDO LOS INCOMPETENTES SE CREEN DOCTOS
Discutir, en determinadas ocasiones, es algo así como ceder personalidad a quienes no se lo merecen. Y cuando digo ceder, aunque no sea tolerancia, he dicho: no compartir algo íntimo, muy personal que de ninguna manera, no tiene por qué ser dado, deliberadamente, aún en circunstancias especiales o, subjetivamente, en momentos en que correspondiendo a la más estricta intimidad vulnerarían ese recóndito espacio por pretender cuestionarlo.
Uno no es más ni menos, sólo por el simple hecho de preservar esa intimidad a la que hago alusión. Hay personas que no lo entienden, por muy eruditos que se crean, por que el hombre, aparte de su debilidad constante, muchas veces peca de imprudente, no calcula los efectos, ni limita los espacios, simplemente reacciona de acuerdo a sus capacidades cuando llega a cierta edad; y lo verdaderamente lamentable es, cuando siendo joven se creen con el derecho de poder significarse… Claro, de acuerdo a su increíble intelectualidad. De esos hay, no muchos, pero aquellos que sufren ese desgraciado mal, ni saben las molestias que causan. Es lo que dan de sí.
Creo que la intimidad de las personas es sagrada, en el más noble sentido de la palabra. Es algo intransferible, no sólo lo personal, también lo es en el marco espiritual de cada cual.
Cuando hacemos estas reflexiones, siempre al amparo de la razón, nunca estamos abrigando rencores o cosas parecidas, sólo defendemos nuestros principios y el sentimiento de la espiritualidad misma. No despotricamos contra los menos capacitados, defendemos a cal y canto el espacio que nos corresponde, en el que jamás se debe permitir interferencias ajenas a nuestra voluntad.