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Periódico digital del Norte de Tenerife

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DE LAS CASETAS DE MARTIANEZ A LOS GRANDES HOTELES

Texto: Melecio Hernández Pérez
 
 
MELECI~1Durante la década de 1950, la calidad y cantidad superlativa del turismo receptor del Puerto de la Cruz, llenaba los hoteles, residencias y hasta casas particulares que alquilaban habitaciones, lo que ponía de manifiesto el desequilibrio entre la demanda y la oferta, por lo que se agotaban rápidamente las plazas disponibles con los europeos que elegían esta población de interesante contenido patrimonial cultural e histórico y arquitectónico, además de la benignidad de su clima y belleza paisajística, amabilidad y cordialidad de la plácida ciudad tendida a los pies del valle de La Orotava con el Teide por corona, cualidades todas ellas que tanto valoraban durante su estancia los turistas. Indudablemente, todo hacía presagiar, como así fue, un prometedor futuro a corto plazo en esta industria que alcanzó el llamado “boom” en los años sesenta del siglo pasado.
 
            Un dato que refleja la influencia que de antaño había despertado el turismo de salud y de placer por este espacio geográfico para el descanso, es que en 1929 el Ayuntamiento cede la primera parcela en la zona de Martiánez al comerciante Francisco Gómez Baeza. La finalidad era la instalación de una caseta para disfrute y relax frente al mar.
A partir de 1954 se sucedieron nuevas instalaciones sobre la arena de la playa de Martiánez, al filo del paseo de alineados tarajales, para servicio de sus propietarios en temporada de baño, que resultaron unos habitáculos de madera, algunos de ellos de gran confort, ocupados en su mayoría por la clase acomodada, y que dado el auge que estaba tomando el turismo muchas de esas casetas fueron explotadas en régimen de alquiler a turistas.
 
El 26 de mayo de 1954 Isidoro Luz Carpenter, en calidad de alcalde del Puerto de la Cruz, fue recibido por el jefe del Estado, general Franco-- quien había  visitado oficialmente la población en 1950--, y al cual expuso la principal aspiración de los portuenses, que consistía en la construcción de un muelle pesquero, mejora esta de gran necesidad y urgencia, compartida por todos los sectores sociales y, muy en particular, por los pescadores y marinos.
 
Eran años de sueños de futuro y proyectos miles, pero no todos los sueños se hicieron realidad y muchos de los proyectos quedaron en el olvido.
 
En el mismo año de 1954 se trató de construir una piscina en la zona de baño de San Telmo, a la altura del Bar Miramar, ubicado en el paseo del mismo nombre, merendero este regentado por Mario Martín García, quien instaló en la explanada artificial a modo de balcón con vistas al mar un servicio a sus clientes con mesas y sillas donde eran atendidos por personal del propio bar-restaurante.
 
Otro proyecto consistía en construir una piscina en el Charco de la Coronela que, afortunadamente, nunca se llevó a efecto.
En el año de 1957, día 13 de noviembre, se inaugura la segunda piscina de este Puerto, San Telmo, con su Lido, construida por José Manuel Sotomayor Carmona en sociedad con Rudolf David Gilbert. La primera piscina pública había sido la de Martiánez, construida por la Junta Insular de Tenerife e inaugurada en 1940, durante la etapa de Santiago Baeza González, que ocupó la alcaldía de 1939 a 1944. Este balneario se ubicó en el solar que había ocupado el magnífico edificio de madera Thermal Palace.
 
Se hacía indispensable un planeamiento urbanístico amoldado al inminente desarrollo expansivo. A propuesta de Isidoro Luz Carpenter el arquitecto Luis Cabrera Sánchez-Real procede a redactar el primer Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) de la ciudad, que fue aprobado el 17 de octubre de 1958 por la Comisión Provincial de Urbanismo de Santa Cruz de Tenerife. Por tanto, un mes antes,  septiembre de dicho año, se ordena por disposición municipal el levantamiento de todas las casetas que se habían ubicado en tan privilegiado lugar, al objeto de proceder a la construcción de la avenida de Colón. Las obras comenzaron el 1º de octubre de 1958, debiendo estar concluidas el 14 de junio del siguiente año; pero tal fue el ritmo de las mismas, que se anticipó al plazo previsto en un año, al inaugurarse el 20 de diciembre de 1958. Recuerdo claramente el acto. En aquellos instantes, cuando aún no estaba rematada la avenida, una flamante placa iba a dar nombre a la nueva vía. Dos extranjeros que pasaban junto a mí, mientras hablaba el alcalde Isidoro Luz Carpenter, se dijeron en chapurreado español: “Españoles mucho optimistas”.
 
El sector de los llanos de Martiánez, la nueva y moderna área de expansión que precisaba el Puerto de la Cruz para la planificación hotelera, originó la fiebre de la salvaje construcción que, entonces, significó desarrollo, trabajo y mejora de la economía empresarial y doméstica, encontrándose entre los pioneros José Manuel Sotomayor y Carmona,  Manuel Yanes Barreto y  Luis Díaz de Losada y García, entre otros, quienes iban a provocar una rápida metamorfosis con altas edificaciones e importante red viaria de avenidas y calles.
 
Indudablemente la escasez de plazas hoteleras había incentivado a la iniciativa privada a dedicar seriamente su capacidad empresarial e inversora en la edificación de hoteles con vista a las próximas temporadas. Algunos de estos inversores eran extranjeros experimentados, mientras que otros procedían de la rama agrícola insular, sin conocimientos de la industria turística, por lo que al primer declive de visitantes y merma de beneficios, se apresuraron a arrendar, vender o ceder a las cadenas multinacionales, que habrían de ser los principales responsables de la pérdida de aquella bien ganada fama del lugar del turismo de mayor calidad de Canarias.
 
El primer hotel que se edificó en la avenida Colón fue el hotel Bélgica (1957), de los señores Albert Verburgh y W. Vandeputte, en forma de herradura, como símbolo de suerte para sí y cuantos habían de venir. Seguidamente, en esta primera línea frente al mar, surgió el hotel Tenerife Playa de Cándido Luis García Sanjuán, que el 24 de septiembre de 1957 comenzó a construirse, fabricando en el breve plazo de ocho meses dos plantas con 64 habitaciones dobles; luego otras 64 habitaciones, y así año tras año se fue ampliando hasta 1963 en que el hotel quedo definitivamente terminado. El hotel Valle Mar comenzó a construirse el 20 de junio de 1958, y abre su establecimiento al público el 5 de agosto de 1960; en 1970 sufrió una ampliación con en su costado este.
 
Los chales entre el hotel Bélgica y el Valle Mar empezaron a levantarse en 1960.
El hotel las Vegas inicia las obras el 5 de febrero de 1958, inaugurando su primera fase en la temporada 1958/59. En 1957 entra en servicio y hace la temporada 1957/58 la Residencia Cabrera, en calle Calvo Sotelo, al igual que la Residencia Florida, que se inaugura el 6 de diciembre de 1957 y trabaja en la temporada invernal.
En otro punto del territorio local, próximo al hotel Taoro, comienzan las obras en junio de 1958 el hotel Tigaiga de Enrique Talg Schulz; la inauguración de su primera fase tiene lugar en la temporada 1958/59.
 
 A todas estas, ante tanto desarrollo y progreso, en 1957, cierra sus puertas la Sociedad Cultural y Recreativa “Círculo Iriarte”, en el costa oeste de la plaza del Charco, que entonces llevaba el nombre de General Franco. Esta sociedad había funcionado desde 1890, fecha de su fundación. Es una prueba evidente de que primaban entonces los intereses materiales sobre los culturales, como si el desarrollo social y económico no debieran ir de la mano de la cultura. Sin embargo, se había producido en 1953 la creación e inauguración del hoy Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias (IEHC).
 
En diciembre de 1955 el lugar del Puerto de la Cruz, es declarado “Centro de Interés Turístico” y en 1956 se le otorga la categoría de Ciudad y de Excelentísimo para el Ayuntamiento. La población portuense en 1960 tenía un censo de 15.248 habitantes.
Este simple artículo quiere representar una breve recreación de un pasado para cuantas personas vivimos y conocimos aquella etapa, amén de ser protagonistas del devenir histórico de una ciudad que a pesar de los avatares sigue y seguirá cosida a ese mar Atlántico que le arrulla y se funde en un eterno abrazo de espuma y sal
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