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Periódico digital del Norte de Tenerife

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DOÑA ANTONIA Y DOÑA MARÍA

Santiago Luis García

 

http://efemeridestenerife.blogspot.com/2011/12/dona-antonia-y-dona-maria-fernandez.html

 

niñosdomingo 25 de diciembre de 2011

 

DOÑA ANTONIA Y DOÑA MARÍA FERNÁNDEZ SOSA

 

Fotos y datos biográficos cedidos por mi compañera de docencia en el IES La Orotava Manuel González Pérez Carmen Navarro Sabina.

 

Era el verano del año 1957, recién cumplido siete años, mis padres deciden que mi hermana Fina que entonces estudiaba magisterio, fuese a clases de labores con Las Lorenzitas en su mansión de la calle Viera de La Orotava. Además deseaban que me llevase para pasar el tiempo libre de vacaciones veraniegas, por entonces estudiaba en el Colegio de La Milagrosa de las Hermanas de La Caridad con la recordada e inolvidable Sor Dolores.

 

Mi primer día con Las Lorenzitas, era un caso muy extraño, un sueño de Hadas, un misterio espectacular, teatral al ver en el fondo de aula una especie de escenario donde hacían presencia tipo coreografía las dos laureadas señoras doña Antonia y doña María Fernández Sosa conocidas por las Lorenzitas, apelativo que se le puso porque su madre se llamaba doña Lorenza.

 

 Mi amiga y compañera de docencia en el IES La Orotava Manuel González Pérez del barrio San Antonio y doctora Carme Navarro Sabina, me informa verbalmente sobre su vida en esa escuelita de la calle Viera, claro que su relato es un simple análisis comparativo de las nuevas leyes que hemos tenido en la educación con aquella época donde nos educábamos, aprendíamos y no teníamos imposiciones legales por medio.

 

Carme Navarro no se acuerda del primer día de la escuela. Fue como de visita, con una vecina mayor que ella, que estudiaba en un internado en Santa Cruz y que durante el verano, como muchos otros alumnos de colegios importantes, iban a la escuela, en parte a presumir de conocimientos importantes, y en parte porque en casa estaban hartos de tantos días de vacaciones.

 

Carmen Navarro tenía tres añitos recién cumplidos, y le gustó tanto que le dijo a su madre, que cuando mi vecina volviera a su colegio importante, yo quería seguir en la escuelita. Lo primero que había que hacer para ir a la escuela de verdad, no de visita, era llevar una silla, porque aquella escuela, no estaba subvencionada, ni pública, ni las maestras, Doña María y Doña Antonica, tenían un mobiliario convencional: Dos pupitres, una mesa para "las copias", que se hacían a diario', y se corregían también a diario, y una pizarra donde­ se ponían "las cuentas", que se hacían Lunes, Miércoles y Viernes: sumas, restas, multiplicaciones, divisiones, que cada uno hacia en la medida de sus posibilidades y conocimientos.

 

Carmen fue con sus padres a la carpintería de don Isabelino Martín y ahí le compraron una bonita silla de madera pintada en azul con el fondo de paja trenzada, y su padre el recordado doctor de la Villa don Antonio Navarro (conocido por don Antonio Expósito) le pintó sus iniciales, para que nadie se sentara en ella.

 

El primer trabajo que hizo en la escuelita fue una servilleta bordada, que era para regalar a su padre; Las maestras tenían un mueble de estantes, donde se guardaba "la labor", con los hilos, agujas, tijeras, dedal, dentro de una caja de madera, y no se podía llevar para casa: Todas las tardes se bordaba: diente de perro o festón para los bordes, pespuntes, punto seguido, punto de ladrillo, punto nudo, richelieu, punto sombra, vainica, y también calado. Algunas chicas mayores, iban a bordar "el dote", después de  haber dejado la escuela.

 

Todos los días le tomaban "la lección de memoria".  La verdad es que casi nunca la sabíamos. Y también leíamos en voz alta una página del libro de lectura por la mañana y del manuscrito por la  tarde: ¡Tremenda la letra caligráfica! Algunas frases parecían escritas en árabe. Y todos los días dictado. También  cantaban la tabla de multiplicar: toda la clase y con soniquete: Acababan aprendiéndotela quieras o no.

 

Y los lunes teníamos que llevar una redacción (eso lo supo después), en forma de carta, para que aprendieran a expresarse, por si tenían un familiar emigrado. Y siempre empezaba con " queridas maestras, espero que al recibir esta carta se encuentren bien de salud, yo bien gracias a dios", y terminaba "sin más que contar, se despide su alumna que mucho la quiere y nunca la olvida, Fulanita de tal." Con lo que la mayoría de las cartas se leían en voz alta, y de pie, eran prácticamente lo mismo.

 

La- clase era  mixta, y. no sé qué es lo que los chicos. Hacían mientras nosotras. Bordábamos, seguro que se aburrían más que las chicas porque los castigaban más por revoltosos. Había tres clases de castigos: ponerse de pie un rato o tirarles de la moña (parte-anterior del pelo de la frente), ponerse de pie a oscuras en el cuarto contiguo, que era la sala donde se recibía a las visitas de madres o amigas de las maestras), y lo más grave se­ castigaba con un palmetazo, golpe en la palma de la mano con la palmeta, que era una vara plana; que tenían cada una de las maestras. Carmen le tenía terror a la palmeta, pero era una niña muy buena, y muy repipi también, y nunca me castigaron. A mi hermano le tiraban de la moña; y lo solucionó pelándose casi al rape; para que no pudieran tirarle­ más.

 

Lo que ahora podíamos llamar actividades extraescolares, consistía en una excursión a una finca de algún amigo de las maestras, que contara con ermita, para poder decir las poesías a la Virgen, que ensayaban durante varios meses. Y la fiesta de un curso, que nunca terminaba porque había clases todo el año, podría ser el día de San Antonio, onomástica de Doña Antonica, cuando sacábamos en procesión por toda la casa un santito que tenían en la sala y se confeccionaban unos gorros de papel de seda de colores.

 

 

Disciplina, y se recibía cariño. Carmen iba a visitar a sus maestras, después de haber cambiado de colegio, e incluso después de haber terminado una carrera universitaria, y cuando ya había fallecido una de ellas, visitó de sorpresa a su hermana y recibió una gran satisfacción al ver que se acordaba perfectamente ella y se alegraba al verla. Se echa de menos este tipo de enseñanza, y también se echa de menos algún tipo de reconocimiento público a quienes alfabetizaron a una buena parte de la población más humilde de La Orotava.

 

Efectivamente estoy totalmente de acuerdo con el último testimonio de mi compañera Carmen  Navarro, no se hace justicia con aquellas personas que alfabetizaron a una buena parte de La Villa de La Orotava, los amigos que en estos tiempos democráticos nos gobiernan desde nuestro palacio municipal, muchos de ellos antiguos alumnos de las Lorenzitas, no han sido capaces de dedicarle o proponerle su nombre al menos en una calle, en una plaza o mejor un busto o un monumento, la verdad que enseñaban, educaban, hacían verdaderas personas, sin contar con leyes ni con programas, nada de nada, todo una talento. Aquella escuelita de la calle Viera y del verano de 1957 era una fantasía coreográfica tipo teatro (escenario habitación anexa), llena de filosofía, literatura, poesía, y música sus autores eran don ilustres damas villeras de mucho brío con ganas de enseñar y de hacer personas, verdaderas personas.

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