Periódico digital del Norte de Tenerife
Celestino González Herreros
EL ÁRBOL SÍMBOLO DE LA NATURALEZA
El arraigo del árbol es sorprendente, donde quiera que le encontremos está haciendo una función bien definida, en el monte, en el jardín de casa, en las plazas y paseos, etc. Desde tiempos primitivos ha sido así, un hermoso emblema natural.
El árbol que no haya sido víctima de la mano del hombre o de las influencias de los fuertes vientos u otros fenómenos imprevistos, llega a conocer la continuidad de varias generaciones y hay algunos, como el Drago de Icod de los Vinos, que viven muchísimos más años. Habrán sido testigos de cantidad de promesas de amor cobijados bajo su placentera sombra. ¡Cuántos juramentos!
En primavera es cuando más alegre se siente, siendo visitado por los mismos pájaros que no le olvidan y vuelven hacer sus nidos de amor. Cada tarde con el tierno reclamo de las aves alegran su soledad el trinar de las mismas, citadas al acostumbrado concierto, cuando los polluelos reciben su esperada ración traídas por sus progenitores, hasta que se hace el silencio al declinar la tarde.
Por ejemplo, en las ciudades modernas, dicho en el sentido más amplio de la expresión, el árbol dice mucho de sus habitantes, es un sello inconfundible de vida, sensibilidad cívica y con todo ello se percibe un ambiente alegre. Antes, un sólo árbol crece más rápido que lo que tardan en entenderlo, algunos de frentes estrechas. En ese sentido, debo decir, que nuestra ciudad turística norteña, siempre tuvo representantes inteligentes. Sus mandatos o compromisos municipales terminaron y ahí están los árboles que entonces plantaron, bellísimos y con sus poderosas raíces bien aferradas a la tierra, recordándoles siempre. Y aún faltan muchos más, nunca estará de más la cantidad que queramos sembrar, para embellecer nuestro suelo y los distintos perfiles urbanos, alegrando con ello nuestra vida y la vista a cuantos nos visitan todo el año.
Los árboles no entienden de política, cuando dan el frescor de su sombra, la dan para todos igual, tal generosidad merece ser compensada sin reservas con nuestro mejor cariño. Ellos sólo claman que se les cuide, que no les dejemos morir y que entendamos que sin ellos íbamos a durar menos...
No hay cosa que agrade más, que el hecho de ir paseando complacidos alegrando la vista, con la presencia de los árboles que alcanzamos a ver a un lado y al otro lado del trayecto, zonas verdes y muchos árboles... La misma sensación experimentamos cuando vemos nuestras calles engalanadas con plantas y matas, cuidadas con celo y entusiasmo. Nuestras plazas también son un claro exponente del amor dedicado a nuestro selecto hábitat en armonía con la Naturaleza. Es sorprendente el comprobar ese afecto y respeto del hombre de hoy hacia nuestra flora y hasta por la misma fauna.
El árbol hunde hasta las entrañas de la tierra sus serpenteantes raíces que se aferran posesivas, como queriendo ser algo aún más importante, para servir al hombre; y el tronco se yergue frondoso hacia el cielo, queriendo alcanzar las nubes que les cortejan. Inamovible ha presenciado ataques bélicos, fenómenos atmosféricos y más embestidas naturales. Sin embargo, es el hombre el que puede hacer del que viva o muera, pero nunca alcanzará a matar del todo sus firmes raíces, que son capaces de resucitarle después de haber caído...
Del árbol viejo, cuando ya no da sombra, ni en el van anidar los pájaros y su viejo tronco se quiebra, esa materia se aprovecha para obtener la madera y con ella los muebles que usamos en nuestros hogares y demás lugares de nuestra convivencia diaria. Se obtiene la luz y el calor del fuego, el carbón y otros usos. Serían pocos los homenajes que se le hagan al árbol, por lo mucho que a la postre nos proporciona.
De todos es conocida la vieja costumbre de los enamorados, de dibujar a punta de navaja, en su blanda corteza, un corazón con las iníciales de ambos y una flecha, para dejar constancia del cariño eternizado desde ese instante... Al cabo de los años buscan en el mismo la señal imborrable de aquel encuentro amoroso; y mientras el árbol esté en pie allí estarán los rendidos enamorados, a veces más tiempo del que duren nuestras vidas, siempre fieles como una promesa inquebrantable.