Periódico digital del Norte de Tenerife
Dania Ferro
Clara se despertó temprano y fue a inscribirse a la universidad más cercana, estudiaría una carrera que para su opinión, parecía bastante humanitaria. Sentiría mucho placer ayudando a asistir enfermos, los atendería con amor, los curaría con aptitud. Se convertiría por fin en una persona útil, consagrada a los demás… ¡Conseguiría ser una compasiva y respetada enfermera!
Cuando anunció la noticia, su familia organizó en su casa una gran fiesta. Y la abuela le contaba con orgullo a sus amigas: “Mi nieta ya no escribirá más porque ha decidido ser enfermera”. Y todas abrían desmesuradamente los ojos y repetían como un coro ensayado: “¿Si? ¿De verdad? ¡No me digas!” Como si en el fondo disfrutaran más de una inyección que de un libro…
Después del último libro, que a duras penas había logrado publicar, con la peor editorial existente, la menos conocida, la más carente en prestigio, fama y honores. La que casi nadie conocía, la menos destacada, de la que nunca nadie hablaba…
Después de ese libro, en el que se atrevió a hablar de su padre, en el que intentó —sin éxito— sacar todo aquel dolor que le laceraba el alma; ese dolor que (durante toda su vida) no tuvo intenciones de renunciar nunca a la comodidad lamentable de querer vivir enterrado en su pecho… ese dolor que no se desprendía nunca, que no la abandonaba, que la perseguía noche y día...
Después de ese libro que nada parecía aportar a esa literatura que todos esperaban y celebraban; ese que casi nadie entendió, que casi nadie quiso comprar, que casi nadie aplaudió, ni elogió, ni recomendó…del que muchos se burlaron y casi todos criticaron sin medida, sin pena, sin tocarse el corazón…
Después de ese libro ella intentó escribir muchas veces y se sentó cientos de atardeceres frente a su computadora, escogió los mejores y los más lindos días, las madrugadas más exquisitas, las lunas llenas; aprovechó los amaneceres más espléndidos, las tardes de lluvias, los Octubres más románticos. Caminó frente al mar y recorrió bellos parques con la esperanza de llenarse de luz, de brisa, de energía, de universo; pero nada salía… nada parecía hacer regresar a la musa más vaga, ni despertar a la más mediocre de las inspiraciones…
Fue así como determinó entonces, olvidarse de la idea de querer publicar libros y concentrarse más en la profesión que ya había decidido…
Los primeros meses transcurrieron con rapidez y entusiasmo; cada vez se familiarizaba más con la idea de que estaba haciendo lo correcto, conoció nuevos amigos, estos hablaban siempre con orgullo y frenesí sobre su futuro como enfermeros. Ella deseaba sentir lo mismo, expresarse igual, pero para su sorpresa ¡no podía! (¿O no quería?)… El hecho de tener que renunciar a escribir historias le llenaba los ojos de lágrimas. El sueño de ser una gran escritora reprobaba con angustia la necesidad de ser enfermera… competía con rabia y desesperación contra aquel “aclamado futuro prometedor”….
— Mira, Laura se graduó de doctora, le decía siempre su abuela. La medicina si es una gran opción; una carrera importante, te da reconocimiento, prestigio…Y ¿quién no quisiera tener en la familia a un médico, un ingeniero, un arquitecto, un abogado, un piloto, a un gran empresario? ¿A quién le interesa realmente tener a un escritor en casa? Ser escritor no entra en los mejores oficios. Puedes escribir en un diario las cosas que te sucedan y quieras contar, puedes aprovechar tus momentos de tristeza y de felicidad, pero hazlo como pasatiempo. ¡No debes tomártelo tan en serio! No te conformes solo con escribir, estudia, explora otros terrenos, pon tus ojos en posibilidades superiores, aspira a más y vivirás mejor…
— No todos nacimos para hacer una operación del corazón o para salvar el agua y las especies de un derrame de petróleo. ¡Esas sí son cosas importantes! Son profesiones de verdad que los demás admiran y agradecen.
— ¿Por qué no estudias para ser chef de cocina? Escribir libros e historias es tarea de unos cuantos vagos y dormilones que justifican su vida diciendo que llenan de inspiración una biblioteca, cuando en realidad lo que la llenan es de locuras, de frases y oraciones afiebradas.
— Los escritores son en su mayoría personas carentes de afecto, de atención, de reconocimiento público, son egocéntricas, cargadas de un ego insoportable, adoran ser escuchados en público, se mueren por una mayoría atenta, aman que se interesen por sus vidas, sus autógrafos. Quieren que los demás los escuchen hablar de todo el tortuoso camino que debieron recorrer para publicar sus libros, como si al final eso importara…
— Tú no has nacido para escribir como crees, es solo un capricho temporal, una ilusión que has alimentado durante años, una aspiración efímera…No es nada serio, nada que vaya a perdurar o a dar frutos…
El mundo se encargaba de asegurarle que no era buena, que nunca lo había sido, que jamás llegaría a ningún lado, que estaba loca si creía que lo lograría …Aun así el deseo de escribir siempre volvía, pensaba en escribir mientras cocinaba, mientras conducía, cuando se daba una ducha, cuando veía la tele, mientras dormía. Deseaba escribir con toda su alma, escribir era su pasión constante, su ambición más certera, la verdadera pretensión de su vida.
La invadió una tristeza inmensa, tan dolorosa y real que llegó a conocer por ella misma y sin necesidad de explicaciones de doctores, ni de amigos (que alguna vez la padecieron) el verdadero significado de la palabra DEPRESION… ¡Se sentía tan triste en aquella escuela! Reconoció con nostalgia que extrañaba la revista del pueblo para la que había trabajado por años antes de iniciarse en esta aventura de estudiar un “oficio” distinto y mejor pagado…
Extrañaba las bibliotecas, era el único lugar donde quería vivir y morir y pertenecer…
No quería decepcionar a su abuela pero se sentaría otra vez a escribir. Intentaría demostrarle que escribir era importante y aunque a ratos tantas dudas y críticas la hacían dudar también a ella… estaba dispuesta a escribir todos los días de su vida con la esperanza de lograr ser algún día una escritora genuina…
Así conoció a un hombre que llegó a confesarle cuanto había soñado con poder casarse con una escritora, una escritora llena vocación y de ganas, que soñara con que podía volar…Y Clara volvió a creer que sería esa escritora. Ya él la llamaba: “mi escritora favorita” y escuchar esas palabras y creer en ellas fue mejor que todos los título y oficios que el mundo pudiera otorgarle o que ella hubiera podido llegar alcanzar…
Y ese hombre apoyó sus sueños, sus anhelos y deseos y ella olvidó que sería una enfermera y se dedicó completamente a escribir…
Una noche su abuela disfrutaba de una de sus novelas favoritas cuando junto con un suspiro se le escapó un comentario: “¿A quién se le habrá ocurrido escribir esta novela? ¡Qué bella está!”
Clara y su esposo sonrieron cómplices. Y su esposo dijo: “Señora, ¡esa novela la escribió su nieta!
La abuela miró tiernamente a los ojos de Clara y dijo: “Siempre supe que regalarte tantos libros cuando eras niña, serviría de algo…