Celestino González Herreros
Nuevamente vuelvo a pensar en ella, la mujer que me dio la vida y la virtud de quererla tanto y haberla llorado con tanto dolor y ternura al perderla para siempre en ese arrebato inmerecido que es la muerte, inesperada y fatídica. Y al pensar en ella, aún recuerdo, cuando era niño, con cuanta ternura me miraba cuando la sorprendía mirándome, como queriendo cuidarme aún más, aquella expresión suya de bondad a veces me conmovía. Qué buscará en mí, me decía continuamente. Hoy ya mayor adivino aquellos pensamientos suyos, seguramente pensaba cuál iba a ser mi destino, mi suerte. Si el crío aquel sería capaz de valerse solo si ella me faltara.
Madre, mi destino ha sido quererte y cada instante de mi vida recordarte, darte vida dentro de mi y te siento cual relicario de amor que alienta mi vida y la conduce por los más bellos senderos hasta hallarme contigo… Sí, madre, nunca lo dudes. Además, tú lo sabes mejor que nadie, dueña también de mi mente. Todos iremos a tu encuentro, unos y otros, a tiempos distintos.
Madre, cuando tomo tu retrato en mis manos y te beso tan profusamente, ¿sientes el calos de mis labios? Suelo abrazarte y al tenerte tan cerca del corazón, a veces siento, como si fueran los latidos de tu corazón acariciándome. Y si te mira fijamente busca en tus labios alguna mueca, una muy tenue sonrisa y como si se movieran tus párpados. A veces muy emocionado rompo a llorar como un niño y te llamo desgarrada el alma y no hallo respuesta, aunque estoy seguro que entonces me estás oyendo y me sigues consolando con esa dulce sonrisa tuya inconfundible, piadosa y consoladora. Te beso, madre, una y mil veces hasta que declinan mis fuerzas y debo reponerme, decirte: ¡hasta pronto!, mi viejita del alma.
Estos son días de profunda reflexión, habrá hijos que vean con cierto olvido la memoria de esa madre que se les fue para siempre, como un hecho más de la vida y el día de todas las madres del mundo ni se acuerden de llevarle a su tumba una simple flor y lo que es más importante una sentida oración por su eterno descanso. Habrá hijos que ni se acuerden… Y esa desconsolada madre está viendo desde arriba y desengañada tanto abandono. En cambio, una madre jamás olvidaría a un hijo perdido…
Aquellos que conservan aún a ese ser tan querido, también los hay ingratos que ni la visitan aunque esté, siempre solas y necesiten que la acompañen, al menos los últimos años, meses, días de su triste soledad. No piensan en sus necesidades más perentorias. Ancianas viviendo solas, enfermas y débiles, expuestas a todo lo peor. Y algunos hijos inorándolas por completo, como si desearan que ya se fuera… Eso es inaudito, muy cruel.
Las madres que están en el Reino de Dios, siguen esperando, pues son muchos los buenos hijos que estos últimos días primaverales cuidan las más bellas flores para dedicárselas y llevarlas al Campo Santo, lastimas que se marchites y se sequen como nuestras sentidas lágrimas y suerte que los recuerdos no los borra nada ni nadie. Frente a sus tumbas entre oraciones y rezos no debe faltar, a veces, una sonrisa nuestra como muestra de amor. Una sonrisa que contagie las suyas y en esa actitud romper el crudo silencio que nos separa.