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Periódico digital del Norte de Tenerife

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FALLECIMIENTO

Evaristo Fuentes Melián

4.11.12

Ignacio Torrents, 4.11.12

1EVARISTO FUENTES MELIÁNQuiero escribir unos párrafos sobre el fallecimiento, no por esperado menos sentido, del amigo y compañero Ignacio Torrents, un ‘chico mayor’ que se ató los machos y se puso de nuevo a estudiar, y sacó la Licenciatura en la Facultad de Ciencias de la Información de la ULL.

Intentaré ser breve. Cuento dos anécdotas:

1.- En los carnavales (perdón: Fiestas de Invierno) de los primeros años sesenta, estaba yo en mis primeros escarceos portuenses, bailando en la sala del Olympia, que era similar en aglomeración al llamado ‘Parque Restregativo’ de la Capital o al Teatro Atlante de La Orotava que tenía un piso inclinado que, con un solo un gato o dos, se ponía horizontal cuando había baile, para que las parejas no resbalaran en demasía…

Pues allí estaba yo, en el Olympia, cuando me veo a Ignacio a las cuatro de la mañana (o una hora menos en Canarias) y sin yo preguntarle se acerca y me dice textualmente:

“Salí por la tarde, a las seis, y le dije a mi mujer que iba a comprar cigarros, y hasta ahora…¡todavía me estará esperando!”

2.- La otra anécdota, Ignacio la contaba como un chiste, pero sucedió de verdad: En los primeros años sesenta, en los sillones de mimbre en los que se sentaban los socios (solamente hombres, ¡cuidado con eso!), en la acera de la fachada del Liceo antiguo, cuando todavía no había Puente Carrera-Calvario, las chicas y mujeres de buen ver tenían obligadamente que atravesar la plaza de La Alameda, ante la atenta mirada y los ojos avizores de los señores socios. Y en cierta ocasión, un señor de la aristocracia, venido a más o a menos, le dice a su contertulio, un sencillo agricultor de los que de joven había ‘jalado por la guataca’:

“Fulanito, viene mi señora esposa de allá; así que me voy para que no me vea contigo…”

Eso paso de verdad, repito, e Ignacio cuando se enteró de que su chiste era cierto casi se parte de la risa.

Yo estuve yendo y viendo a Santa Cruz unos treinta años; Ignacio me superó, estuvo más de cuarenta. Por los compañeros de la Capital me fui enterando de que Ignacio estaba considerado un caballero, un amigo entrañable de un grupo de técnicos municipales chicharreros que se reunían con frecuencia a comer y a reírse con anécdotas de este tipo.

Ignacio se quedaba muchas veces por las tardes en Santa Cruz le salían muchos trabajos particulares. Pero siempre venía a dormir a su domicilio en las afueras de la Villa, junto a una cerrada curva del Ramal, bajando al Puerto, por la carretera que en los veranos nos conducía a los chicos de La Orotava a la playa portuense de Martiánez.

Sentido pésame a su esposa, hijas e hijos, a quienes tanto aprecio.

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