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Periódico digital del Norte de Tenerife

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INTERROGANTE

Celestino González Herreros

INTERROGANTE DE LA UNICA META POR TODOS DESEADA

 

1 Celestino González HerrerosSiento bajo mis pies las burbujas del tiempo que van danzando armoniosamente, como si enfurecieran, animando las horas que transcurren de la existencia misma. He sentido moverse las huellas de mis pasos, como queriendo avanzar más aceleradamente hacia esa "meta" desconocida, a través de los senderos que conducen al camino, preludio de ese destino distinto, un nuevo amanecer... Las siento también borbotear cuando llegan a la limpia superficie del blanco papel con fulgurosas y sutiles transparencias. Y ver moverse las sombras ocultándose tras los cipreses; me señalan ese cause harto imaginado de sombríos márgenes y desniveles con escabroso descenso... Cuando intuyo escuchar sonar las trompetas del acto final, siento tal sensación de paz... Adivino como un aire distinto, perceptible e intocable a la vez; que me estimula a seguir sosegadamente por el camino aquel, previamente elegido entre tantos otros senderos que oteamos. Cada cual lleva su propio módulo o señal. Hasta el final de ese laberinto, quien manda es el susodicho destino. Vas más serio, o por el contrario, llevas una distendida y franca sonrisa que suaviza y aviva el trayecto asignado, que borra las asperezas de ese transito... Aclarando el mágico espacio de la definitiva retirada, dándole un atractivo distinto a la evidente percepción.

Y qué sencillo resultaría decir: "Volver a empezar" Quién lo intente ya está hallando el privilegio de la salvación y quién lo consiga habrá ganado la batalla más importante que el hombre pueda librar aquí, en este mundo confuso de las tristes contradicciones e injustas acciones (del hombre contra el hombre). Guerras, muertes y miserias... Bestias locas buscando la abundancia material, el egoísta protagonismo entre los mortales, miseria del alma y la destrucción del bien y los principios éticos y morales... Lo divino es sagrado, eso no lo toca el hombre, por fortuna. La Sociedad moderna necesita madurar, detenerse unos instantes que podrían ser decisivos a la hora de señalar los rumbos de unos y otros. El hombre necesita saber qué quiere en realidad. Tomar conciencia seriamente antes de elegir esas sendas a seguir. Y pensar más en la herencia moral y cultural que va a dejar a las venideras generaciones (que no son extraños), que son nuestros hijos y los hijos de ellos. La Humanidad entera lo está esperando todo, bien sabemos de quiénes. Seamos pues, cautos y reflexivos, que algo íbamos a ganar para el bien común, ello si hacemos por entendernos solidariamente en aras de esa gracia.

A mí no me asusta, porque lo entiendo bien, bajo mis pies sentir las influencias del tiempo que inexorablemente pasa demandándonos, a todos en general, solidaridad y respeto por los principios morales del ser, como hombre y como única garantía ante Dios para ganar la paz tan deseada…

Cada vez es más notoria la ausencia de tantos valores necesarios para la mejor convivencia, es increíblemente cruel la despreocupación en que vive inmersa la Humanidad; y no trato de contagiar mi desencanto a nadie, sólo hago un comentario que se me escapa sin autoridad alguna, podría ser. Pero que sí transmite un parecer emanado de lo que vemos cada día desde que abrimos los ojos. Mírese para donde se quiera mirar ahí está el desastre. Y las fuerzas de aquellos que lo repudiamos se tornan estériles ante tanta desidia acumulada y ya sólo nos queda protestar para sentir, si quiera, un mínimo de consuelo... Que no alegra, pero que ayuda a seguir aguantando hasta cuando el Hacedor quiera.

Si pudiéramos volver a empezar... Que no sea sólo una simple utopía y que las gentes con un empeño universal se afincaran en los verdaderos principios: solidaridad y respeto hacia los demás, renacerían los valores perdidos para edificar un mundo mejor, con iguales condiciones de vida, tanto para unos como para los otros y las mismas oportunidades, cimentado en la cultura, el trabajo y el amor al prójimo.

Reflexionar así de vez en cuando no implica derrumbamiento psíquico, es lícito que todos tengamos derecho a expresarnos de acuerdo a nuestras convicciones. Uno también necesita a veces deshacerse de tanta incomodidad que nos circunda donde quiera que vayamos.

En ocasiones especiales, sentimos como si camináramos por un largo y a la vez angosto túnel y sintiéramos el vértigo del miedo alimentado por la desconfianza, en busca de esa transparencia lumínica que se supone está al final del oscuro laberinto, para sentirnos mejor. Como si presintiéramos que nos esperan al otro extremo de la interminable oquedad la bulla distorsionada de las locas gentes ansiosas por saber cómo fue el viaje y cuáles son nuestras impresiones acerca del mismo. Sin importarles nada más, ni sospechar siquiera el sentido de la gran aventura y a donde queremos llegar... No saben ustedes que yo me amparo en esa bulla, a veces, disimulando el descontento, porque viéndoles comprendo que nunca estuve del todo equivocado.

Mientras siento bajo mis cansados pies las burbujas del tiempo que no detienen su agitada danza, siempre en continuo movimiento, hago concienzudos exámenes de todos los años de mi existencia y siempre acabo bendiciendo el día que nací, porque me siento afortunado desde entonces. Y he experimentado el incesante y grato placer de tales vivencias porque he sabido serle fiel a mis principios. Así, cuando siento que llegan las brisas esas, me descubro ante ellas y me ofrezco como quien recibe un mensaje divino que llegara de ese empíreo lugar, tal vez idealizado y tan soñado como única meta y a la vez irresistible…

Sin abandonar mis persistentes dudas, pero sí, muchas veces prescindiendo de ellas, me adelanto un tanto, sólo porque intuyo en ese místico silencio un motivo esperanzador para el hombre. Todo no se ha perdido, ahí están los caminos esperando nuestros inseguros pasos. Mas, siguiendo la cálida marcha y los suaves influjos de las brisas, nutriremos de esperanzas los temores que alberga nuestra alma, ese enigma de la vida: merecerlo o no...

Dejo las huellas de los pasos señalando mi camino, el camino de otros tantos caminantes que me han precedido en ese confuso trayecto hasta llegar al final del mismo, y hasta trasponer desde esta dimensión terrenal la otra vida prometida. En ese prólogo irremisible se borrarán todas las páginas que en el largo trayecto yo escriba y volarán como aves perdidas en el olvido...

Aquéllos que sonreís irónicamente no tenéis un puesto seguro...

Enciérrate en ti, momentáneamente, olvídate de los demás. Examina tu conciencia, ampárate en el silencio de tus reflexiones y piensa en el más allá, como si lo vieras. Nadie te va a salvar si no eres tú mismo quien lo busca en tus actos sinceros hacia los demás. La paz eterna del alma se logra con el amor hacia ellos, sin diferencias, con absoluta entrega.

Oye la propia voz de tu conciencia, dentro de ti mismo, sin escuchar otra voz. Tu conciencia es la voz de Dios, tu silencio un lugar de su Reino que te cobija tiernamente para que halles el consuelo que tanto necesitas...

Los caminos todos están abiertos, parece que comienza la dulce primavera del alma. Se encienden todos los luceros celestiales en la noche y las brisas parece que vinieran más suavemente en demanda de nuestras dudas, a devolvernos el sosiego espiritual para inspirarnos el amor. Y sobre nuestro mar plateado hoy por el fulgor de la Luna que riela en sus tranquilas aguas, vemos navegar las pequeñas barcas de la ilusión, bajo el inmenso Cielo, más alto que el cielo oscuro tachonado de estrellas que esta noche de excepción y recogimiento me ha substraído en esta compartida reflexión

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