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Periódico digital del Norte de Tenerife

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LA CALLE Y LAS INSTITUCIONES

Lorenzo de Ara Rodríguez

1 LORENZO DE ARAVaya si duele, y mucho. Es un dolor agudo. Desproporcionado. La situación actual de España no agrada. Bueno, en realidad puede que agrade a los tres o cuatro mostrencos que pululan por el escenario democrático. Esos iletrados, parlanchines y mequetrefes que siempre encuentran una tribuna pública desde la que hacer daño, llamar a la rebelión y romper el muro que nos separa de la barbarie.

En este país sumido en la penuria hay sanguijuelas que convencen a muchos de que la mejor solución pasa por la salvajada, el mamporro, la violencia callejera, la matanza indiscriminada de inocentes y el secuestro de las instituciones, o sea, el arrinconamiento y posterior ostracismo de los poderes del Estado.

Nadie debería restarle importancia a las concentraciones de hace unos días en más de ochenta ciudades españolas. El cabreo es real y sincero, incluso natural y necesario. El silencio que se solicita desde algunos altares cercanos al poder centralista y monclovita es una invitación grotesca al suicidio colectivo. Tiene la misma carga de profundidad que la llamada a la rebelión que se hace desde sectores del radicalismo político español. Y ese radicalismo no se halla exclusivamente en la izquierda, también subyace peligrosamente agazapado en la derecha que hoy ostenta legítimamente el poder.

Expresar el dolor, el enfado, la angustia y el rechazo a las medidas que toma el gobierno de Mariano Rajoy es signo evidente de que la democracia en España todavía goza de un suficiente grado de credibilidad. Lo contrario, o sea, la lobotomización de la calle, equivaldría a dejar que una democracia de laboratorio dirigiera nuestras vidas. Y por ahí no debe pasar el pueblo. Ni el pueblo ni los políticos que de verdad son defensores de un verdadero y genuino estado democrático, social y de derecho.

Pero lo que encierra otro peligro muy grave es el llamamiento a la quema de las instituciones. No deberíamos aceptar que se imponga el discurso guerrillero.

El cambio, la mejora del sistema y la solicitud de más justicia social, no pasa por el desgarramiento del funcionamiento democrático. Me explico: romper las urnas para sacar los votos, pensando que el grito es el que ostenta la verdad absoluta, sería el mayor error de una España que hoy se la juega.

Manifestarse, concentrarse, clamar contra las medidas del gobierno, exigir la retirada de muchos de esos ajustes que hoy nos hacen más pobres, está dentro de la normalidad democrática de un pueblo que no tiene miedo a dar la cara.

La Constitución, un documento olvidado y despreciado, también por los mismos poderes del Estado, consagra todo lo que hoy está en la calle.

Sin embargo, el llamamiento a la ruptura es una locura. Más aún, es una invitación a la confrontación. Nuestra democracia, imperfecta, es el camino a seguir. Y desde ella, siempre desde ella, exigir responsabilidades, consolidar los cambios, suprimir los desequilibrios, enterrar para siempre el derroche, los desmanes y la arbitrariedad en el ejercicio del poder.

La voladura de la corrupción no implica, para nada, tener que echar abajo la democracia representativa. Si se apostara por lo segundo, sería la ruina de las futuras generaciones. El fin.

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