Periódico digital del Norte de Tenerife
Dania Ferro
Hoy la inmigración ha llegado a un extremo increíble. Pareciera que viajar y querer vivir en otra tierra fuera idea de moda en la cabeza de muchos.
Pero más allá de la alegría de ser turistas bien atendidos, sin intenciones de robar espacios, está la realidad de un movimiento desesperado y necesitado del sur hacia el norte.
A medida que esta corriente aumenta se intensifican los obstáculos para frenar el traslado de la gente. Las motivaciones para partir y dejar nuestra patria siguen siendo las mismas: pobreza, represión, guerras e ideologías. Pero los países del destino escogido se muestran cada vez menos dispuestos a acogernos.
Se multiplican las ilusiones de salir, de llegar, de alcanzar, pero también se multiplican los NO y los muros. Las fronteras se cierran y las fuerzas del orden público intervienen con mayor severidad. Y es el miedo al cambio, a la falta de empleo, al desorden, o una guerra de idioma, porque al final prevalezca como único el oficial muchas veces los pretextos para justificar las oposiciones o las vías migratorias.
Gran parte de los inmigrantes hemos permanecido aquí por un largo periodo con o sin autorización. Hemos aprendido a querer esta tierra, nos hemos adaptado a ella, hemos construido nuestro hogar. Y dentro de nuestros sueños diarios está el obtener el derecho o la oportunidad de poder instalarnos ya definitivamente.
Pero las políticas de inmigración de los gobiernos no terminan de encontrar una estrategia bien concebida en la que se puedan resolver los problemas de algunos y se puedan callar los desacuerdos de otros. Y es que decidir entre las necesidades ajenas y la conveniencia particular siempre ha sido muy ¡difícil!
El “yo” interno es demasiado fuerte y te lleva a vivir tu vida normal con todos los placeres que esto incluye. Es por eso que muchos presidentes tomándose su chocolate caliente no se acuerdan después del pobre que votó por ellos. Justamente les corresponde a ellos tomarse un tiempo para sus propias vidas. Y pronto se olvidan de las sonrisas que estrenaron en cámara para demostrar su simpatía y su increíble posición: “Estamos de acuerdo con que estén aquí, nos caen bien”. Luego se olvidan que hay millones de niños con el temor de ser separados de sus padres porque son ilegales. Ilegales que levantan edificios, construyen carreteras, son electricistas y nos sirven en un restaurante, pero que finalmente son tan sólo ilegales. Se olvidan que hay millones de personas que no tiene licencia para conducir pero tiene que trabajar y llevar comida a sus familias. Y es que: “El qué me importa, no es mi problema”.
Se impone en nuestras mentes, a veces sin querer, de manera poderosa e incontrolable. No es lo mismo imaginar cuando estás frente al televisor: ¿Cómo la estarán pasando? Que ser parte ti, de unos de nosotros y tener que sufrir y sentir lo que vivimos.
Créanme que si algo bueno además, tengo que agregar a todo este fenómeno de querer vivir en EE.UU., es el hecho de saber que es una de las cosas mejores, más grandes y lindas que nos pueden pasar.
Aquí nos hemos reunido personas de todo el mundo y es magnífico y explosivo este divino encuentro de culturas. Si nos unimos podemos tener tanto poder como “Voltu-5” o los chicos de “Capitán Planeta”. Todavía Cristóbal Colón, Benjamín Franklin, Martin Luther King tienen seguidores, por eso yo sigo creyendo que a alguien se le ocurrirá un método satisfactorio para cambiar la historia y corregir así el asunto de la inmigración. ¡AMÉN!