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Periódico digital del Norte de Tenerife

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LAS DE ALFREDO LANDA Y OTRAS SECUENCIAS

Evaristo Fuentes Melián


1EVARISTO FUENTES MELIÁNUna cosa que destaca en el recientemente fallecido Alfredo Landa, ese actorazo también famoso por una cierta mala ‘milk’, es la facilidad para adaptarse a papeles serios y cómicos, a tan opuestos registros. Ni Alfredo ni otros coetáneos de la época franquista, años sesenta siglo pasado, pueden ni deben arrepentirse, y no se arrepintieron, de haber hecho aquel cine casposo y hortera, con personajes que eran el vivo retrato del españolito medio.
Landa y otros compañeros buenos actores de similares características trabajaron intensamente en un mundo de la farándula en el que también había un batiburrillo de mediocridad y cutrerío, y mucho pico de oro y navajazo trapero, características de lo que en Canarias tradicionalmente llamamos el típico “godo echao palante”.
Hay tres secuencias de otras tantas películas de aquella etapa, que quiero comentar y calificar como entre las mejores del cine español:
1.- La secuencia de ‘El verdugo’, en la que Nino Manfredi, verdugo sin vocación obligado por herencia de su suegro encarnado en Pepe Isbert, se tambalea con fatigas, al caminar por una amplia sala blanca y al mismo tiempo oscura, cuando ya es llegada la hora de la ejecución del reo por garrote vil. Es esta una escena impresionante y prodigiosa del cine español.
AAAAAALFREDO-LANDA.jpg2.- Otra secuencia, es la de la película de Buñuel ‘Belle de your’ (bella de día), cuando una joven Catherine Deneuve, actúa de típica santa esposa de un señor doctor de la alta burguesía, que la tiene poco menos que en un altar, sin percatarse de que ella sueña, ansiosa de recónditas pasiones sensoriales impensables, con que la aten a un árbol y le tiren barro a la cara, victima, quizá, de un cierto masoquismo irreversible e irredento.
Y 3.- El mejor papel de la vida actoral de Alfredo Landa, fue el de ‘Los santos inocentes’, en la secuencia de la cacería, en que aquel criado, sojuzgado miserablemente, se pone a gatas, de cuatro patas, con la nariz pegada al suelo, olisqueando y rastreando aquel terreno escabroso, oliendo la tierra hasta averiguar en dónde por fin había dejado de correr un avechucho herido de muerte. Es esta secuencia de lo más genial que ha parido el cine español de todos los tiempos.
Espectador
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