Celestino González Herreros
La primavera, con sus influjos libidos
y románticos, con tantos atardeceres
sensuales que estimulan nuestros placeres
también devuelve los sentimientos perdidos.
A través de mi ventana, cuando llega,
llena la estancia de aromas amorosos,
mi ser se llena de deseos ardorosos
y un sentimiento tierno y extraño me ciega.
Viendo la luz refulgente me emocioné
en tanto la espléndida tarde fenecía,
si es que moría, por un instante dudé.
Pensé si así nuestro dulce amor moriría
y envuelto en una aureola encendida desperté
y entre sollozos advertí que aún vivía.