Periódico digital del Norte de Tenerife
Rosario González Sánchez
MI NIÑA DEL ALMA; En cuanto me la pusieron en los brazos me enamoré de ella. Aunque he de decir que ya estaba enamorada desde que la sentía dentro de mí. Se movía muchísimo y me transmitía una felicidad que no se puede explicar con palabras.
Y a pesar del dolor que pasé cuando ella decidió salir a conocerme, no puedo evitar amarla cada día más. Me llena de vida, me reconforta, me anima, me da fuerzas y me transmite unas ganas de vivir que tenía un poco olvidadas.
En ese instante, en ese momento en el que le ves la carita y le tocas su pequeña mano sabes que la amarás para siempre, sobre todas las cosas, y que la ayudarás, la acompañarás en su vida, que la protegerás de todo lo malo (siempre que puedas), y que tan sólo por eso, por tenerla en tus brazos, sangre de tu sangre, ser nacido de tus entrañas, merece la pena vivir la vida, con sus rosas y sus espinas.
Sé que hay mil tipos de amores, pero como este ninguno, lo puedo asegurar. No importa el esfuerzo que hagas, las pocas horas que duermas, el tiempo que te robe, porque se lo merece todo, lo que le doy y lo que le hago.
Siempre se dice que nunca un hijo agradecerá lo que una madre hace por él, pero yo lo veo de una forma muy diferente. Yo nunca, pero nunca, podré agradecer lo que ella ha hecho por mí, lo que me ha enseñado y en la persona en la me ha convertido. Te doy las gracias, hija mía, por formar parte de mi vida, por sonreírme cada mañana, por abrazarme con ese amor desinteresado; en definitiva, por ser como eres y compartirlo conmigo.
Soy consciente que ha cambiado mi vida. Me ha limitado en muchos sentidos pero estoy absolutamente convencida de que lo que ella me aporta no puede aportármelo nadie más.
Estas palabras van dirigidas a mi niña, a mi pequeña, a la que aporta luz y sentido cada día a mi vida. A ti, MI ADORADA NATASHA, gracias por haber nacido.
MAMÁ.