Celestino González Herreros
Antes de comenzar a escribir he preferido esperar mientras oigo el lamento de un piano cuyas notas llegan hasta mí sin estridencias, suavemente. Debe ser un nocturno de Beethoven, magistralmente interpretado, desde luego que si. Dulce espacio blanco en el tiempo, exclamativo, consolador y reparador… Magia que contagia y alienta la sensibilidad de quien nace para apreciar lo armonioso, lo que llega a sublimar, lo sutilmente delicado, que llega hondo y se queda ahí, como una noble caricia que da aliento y goce a la vez. Y llega a la mente como cascada de luz y cantos, que van cayendo sobre las grises rocas que amanecen con el silencio de la arcana inspiración. Es ligereza sublimada, etérea, diría yo, volátil y otras veces, que deja huellas tan profundas que no se borran y algunas parece que hasta sangran y no hallamos como sanarlas. Igual que el rumor de las brisas que pasan y dejan sensaciones que no turban, que manifiestan apego y dulzura, que nos dejan el grato calor de su contacto.
Prefiero escuchar en silencio el arrullo melódico que me brinda el momento y vivirlo en toda su dimensión emocional, demorarme largamente hasta lo indecible... Beneficiarme de la expresión lírica que se desborda hasta llegar, también al blanco papel y entonces, sí, la fantasía se va tejiendo, paulatinamente; todas las gratas influencias de la vida, rescatadas en las sombras del lesivo abandono… Arrancando las espinas más profundas y buscando los senderos más seguros, dejando atrás el sombrío camino del desencanto.
He podido ahogar tempestades y desviar inclementes vientos; y han sido las palabras mis únicas armas. Y el campo de batalla, ese blanco papel que me llama insistentemente e inexcusablemente tengo que asistirle, entregándome en cuerpo y alma. He sentido la presencia de los duendes y fantasmas… cuando en el silencio he oído las voces incorpóreas de eufónicos ecos e incitantes revelaciones... Y sólo ha sido la música, mi fiel compañera, quien fuera capaz de vencerme y quien me diera alas para elevarme fuera de mí y del pensamiento. Por eso escucho ese lamento, sin saber de donde llega, pero le escucho y renuncio a la batalla…
Cuando me he puesto a escribir, con la voz muda de las palabras, la bulla que llevo dentro se apaga al llegar al papel, pero no mueren. Es como si descendieran conducidas por una mística espiral y en ella nuevamente naciera, en cada impulso, la expresión de los pensamientos míos.
Mirando al mar, medio a oscuras, con mi silencio me parece ver sobre las onduladas olas gestos insinuantes de afectividad que me inducen a pensar también en sus profundidades. Como si se sublimaran en ellas cada nota musical reveladora, que como si fueran pulsaciones de inclusión, en ese contexto emocional, que es la sutil inspiración de un sentimiento errante. Del solitario sino o el vetusto recuerdo que en otros tiempos dieran a la vida todo el calor aquel y la radiante luz de un amor reflejada en cada una de sus emotivas parcelas., desde el comienzo hasta el final... Bajo las profundas aguas apenas reflejadas por la interceptada refulgencia de la Luna -noches oscuras de negras nubes- si me miro en ellas adivino las supuestas motivaciones acumuladas... Siento la sensación de una condición fantástica de irresistible atractivo que estuviera ahí, entre la espuma blanca del continuo oleaje, emergiendo como la cadencia propia de los sueños. Busco entonces en mis delirios el encanto misterioso e inefable de mi inspirada ficción. Que va aumentando progresivamente y me va poseyendo hasta el embeleso, volatizada sobre el frió papel y lo impregna de sus encantos y misterios, con las palabras del romance, quedando sus huellas impresas.
Y la música, como un murmullo celestial se va alejando, como las brisas que van pasando sin detenerse. Dejándome el silencio como única respuesta y la extraña sensación de haber andado por el polvoriento camino de la confusión, entre música y palabras, que fueron brotando, como en la playa la espuma, cuando se agita el agua o la brisa pasa, levantándola con las alas invisibles; y sin llegar a alcanzarla.
Me asomo al exterior y sólo siento el frió que me roza del céfiro viento, su apacible contacto que a la mente despierta. Siento esas ganas que el niño siente, de correr y alcanzar algo, aún sin saber qué, sólo correr en pos de algo y llega a alcanzarlo. Como el niño que no se contenta con lo que ya tiene, sigue buscando y nunca llega a saciarse. Como el viejo en el concierto de sus dudas, que en nada cree y sin embargo espera cada amanecer que la nueva aurora le traiga la respuesta tantas veces deseada. O, en el caso del invidente, que tropieza siempre con la impertinente y cruel pared del aislamiento y que siempre lleva consigo la esperanza de ver la luz y muere en tinieblas… Soñando caminos.
Respiro profundamente el aire fresco y vuelvo a la mesa., donde el blanco papel me espera, silente y presto a recibir la elocución que fuera, que llene el vacío esplendido del pálido espacio con las inquietas palabras. Con aparente calma comienzo, como quien se hace a la mar, despreocupado, con ganas de huir mar adentro, lejos de la tierra y los hombres, lejos de tanta bulla…
La soledad del hombre, tantas veces deseada, no se halla siempre que uno quiere. Ese sentimiento que se hace cómplice y fiel consejero que acompaña en el dolor como nadie sabe hacerlo y consuela en las difíciles horas de la polémica vida; es realmente grato y muchas veces necesario.
Entre cavilaciones se ha detenido el influjo que propina el tiempo en la mente y ha esperado consecuentemente a que la danza poética de los signos delate el reclamo acrisolado de la creación y fluya nuevamente, en razón de sus principios, la imagen dialéctica bien definida.