Periódico digital del Norte de Tenerife
Oteando en el vacío busqué
desde la tarde apagada
la encarnación de mi amada,
y sólo el silencio hallé.
Permanecí atribulado
viendo naufragar mi ilusión
hasta nublarse mi visión
con el corazón destrozado.
Mi trémula voz silenció
como el llanto desgarrado
del más fiel enamorado,
Porque a la cita no acudió.
En mi puerto, desolado,
ya no ríela el sol como antes,
ni hay claros de luna radiantes,
sólo existe un bote arribado.
Sobre la arena mojada,
cada amanecer hay huellas,
resquicios muertos en ellas
y una flor deshojada...
Como si volviera a nado
hasta la playa, veo llegar
la luz echada en la mar
hasta mi bote encallado.