Periódico digital del Norte de Tenerife
Rafael Cerrato Salas
Cuando hablamos de los genocidios que la humanidad ha cometido durante los dos últimos siglos, siempre nos referimos básicamente al mayor de todos; el Holocausto Judío cometido por el nazismo. Sin duda alguna que fue así por la crueldad de sus verdugos y sus especiales características de industrialización de la muerte con el objetivo de exterminar a todo un pueblo. Algo que jamás se había producido en toda la historia de la humanidad; la construcción de fábricas para exterminar todo un pueblo. Sin olvidarnos, por supuesto, de los seis millones de víctimas.
Pero de cualquier manera, si contamos la cantidad de víctimas, la palma de oro en cuanto a genocidios, se la lleva sin duda el comunismo, cuyo número ronda y tal vez sobrepasa, los cien millones de personas, según la mayoría de los investigadores. Sistema político que al día de hoy, aún sigue produciendo víctimas, en aquellos países donde gobierna, como es el caso de Cuba y Corea del Norte.
Pero no por ello podemos olvidarnos de que hubo numerosos otros en distintas partes del mundo, de los que apenas tenemos noticias y si las tenemos, nos hemos olvidado de ellos o nos han pasado desapercibidos. Genocidios que, aunque de menor cuantía en cuanto a número de victimas, no podemos obviar y la humanidad no debe olvidar, para de esta manera tratar de evitar que se puedan producir en el futuro.
Entre estos últimos, hubo uno, del que poco se ha escrito, producido el día 16 de agosto de 1869, durante la guerra de la Triple Alianza, entre Paraguay y la coalición formada por Argentina, Brasil y Uruguay, en el que fueron salvajemente masacrados unos 3.500 niños, en su mayoría rondando los 10 años de edad. Matanza que se produjo durante la batalla de Acosta Ñu.
Todo ocurrió cuando la llamada “Guerra de la Triple Alianza” que se desarrolló entre 1865 y 1870, estaba prácticamente acabada. En esta guerra, Paraguay luchó contra Argentina, Brasil y Uruguay, quienes contaron con el apoyo financiero, diplomático y de armamentos de Gran Bretaña.
Aunque son muchas las causas que se han alegado sobre este conflicto, no voy yo ahora desde este blog profundizar en las mismas, a pesar de que he estudiado el tema en estos días y sigo haciéndolo, para trabajos posteriores.
Me limitaré a decir que, tras la independencia de España, fue está la mayor y más devastadora guerra que ha sufrido Sudamérica al día de hoy y que fue una guerra en encubierta defensa de intereses económicos por parte del Imperio Británico, ante el desarrollo y empuje que estaba alcanzando el país paraguayo. Según los datos que existen de aquellos años, Paraguay era por entonces una nación de las más desarrolladas en su área geográfica, en la que no existía casi el analfabetismo siendo económicamente una nación ejemplar.
En principio, Paraguay se involucró para apoyar a uno de los dos bandos en la guerra civil que se estaba desarrollando en Uruguay entre el Partido Blanco, aliado de Paraguay y el Colorado al que apoyaba Inglaterra y que pidió ayuda a Brasil, formándose, tras algunos incidentes una alianza entre el Partido Colorado de Uruguay, Brasil y Argentina a quien de alguna manera forzó a intervenir Inglaterra. En los primeros momentos la suerte parecía ser la aliada del bando paraguayo, pero no contó con la Triple Alianza que se formó en su contra. Alianza que, como he dicho, contó con el total apoyo y ayuda del gobierno británico, en defensa de sus intereses en aquella zona. Paraguay no contaba con que al formarse esta Alianza, estos países cerraran al tráfico la cuenca del Plata, quedando aislado y no pudiendo recibir ni una sola bala del exterior.
Ante este aislamiento y boicot, la estructura industrial del país tuvo que transformarse y dedicarse a fabricar armamentos, municiones y todo cuanto el ejército pudiera necesitar hasta agotar sus reservas de materias primas, llegando un momento en que para fabricar cañones, hubo que fundir hasta las campanas de las iglesias. Cuando ya no había más medios para continuar fabricando armas y municiones, llegó un momento en que los cañones paraguayos usaron como proyectiles, cocos, piedras y pedazos de vidrio.
Fueron cinco años de aislamiento, al final de los cuales fue vencido, dejando unas consecuencias nefastas para este país, de las que al día de hoy aún no se ha recuperado del todo: Según cálculos; entre el 80 % y el 90 % de la población masculina paraguaya murió en el conflicto. Durante los años 1870 a 1872, Paraguay estuvo ocupado por las tropas vencedoras que se dedicaron a dinamitar y destruir sus establecimientos fabriles, ferrocarriles, puertos, ciudades y toda su estructura productiva, además de saquear su riqueza artística y documental. Para rematar, un episodio vergonzante fue que, muchos paraguayos fueron vendidos como esclavos y exterminados la mayoría de los guaraníes. Por último, al final perdió parte de su territorio, que pasó a manos argentinas y brasileñas.
Cinco largos años de lucha implacable, en los que pesar de la evidente superioridad de los ejércitos del Imperio del Brasil, Argentina y Uruguay, estos no pudieron pasar a la ofensiva y entrar en territorio paraguayo, hasta transcurrido un año desde el comienzo de las hostilidades, cuando las fortalezas paraguayas empezaron a caer debido al hambre y a la falta de municiones.
Pero, como he dejado dicho párrafos arriba, no es mi interés, al menos por el momento, profundizar en la historia de esa guerra. Quienquiera hacerlo, puede encontrar varios autores brasileños, argentinos y paraguayos, además de europeos, que se han preocupado de estudiar y analizar la misma. Solo pretendo destacar una de las batallas, fiel reflejo de la increíble resistencia paraguaya y las condiciones en que se hizo la guerra hacia su final: la batalla de Acosta Ñú:
El 8 de diciembre de 1868, cuando ya todo estaba perdido, el mariscal paraguayo Francisco Solano López decretó el traslado de la Capital de la República Asunción, al pueblo de Piribebuy. El ejército brasileño, dirigido por el Conde D'Eu, quien disponía de 20.000 hombres, a medida que iba ganando batallas iba avanzando por el territorio paraguayo. Superiores en armas y en número de combatientes arrasaban con todo a su paso.
El 4 de agosto de 1869 llegaron a Sapucay y luego a Valenzuela, para cortar toda comunicación entre Azcurra y Piribebuy, llegando el 10 de agosto a Piribebuy. La situación del ejército paraguayo era paupérrima; cansados, prácticamente sin armas y en condiciones infrahumanas, seguían resistiendo los ataques del enemigo.
El pueblo fue cercado e intimada la rendición al comandante Pedro Pablo Caballero, quien contestó textualmente: “Estoy aquí para pelear y si es necesario morir, pero no para rendirme”.
En vista de aquella negativa, el 12 de agosto, el conde D’Eu ordenó el ataque de la plaza, defendida tan sólo por 1.600 hombres al mando de Pedro Pablo Caballero; algunos de los cuales eran tan solo niños con pésimos armamentos, desnutridos y enfermos por el hambre.
El asalto comenzó al amanecer y se combatió denodadamente durante cinco horas. Una de las trincheras, llamada “Reducto Escuela”, estaba defendida por niños al mando del maestro Fermín López. Cuando avasallaron las trincheras precipitándose a bayoneta calada y entraron en la población, salieron a enfrentarlos las mujeres y los niños, armados de palos, piedras, agua hirviente, botellas y tijeras.
Durante el combate, el general Mena Barreto, amante del conde D’Eu, fue muerto de un certero disparo efectuado por el cabo Gervasio León. Este hecho encolerizó al príncipe de la casa de Orleáns, al punto que, una vez tomada Piribebuy, en venganza, ordenó el degüello del comandante Caballero, el mayor Mariano López y novecientos prisioneros “Inermes cautivos, en su mayor parte, esqueléticos muchachos”, Pero el acto más salvaje, fue ordenar se prendiera fuego al hospital, con todos los heridos, enfermeras, niños y médicos dentro. Mientras ardía y hasta que el fuego estuvo consumado, ordenó cercarlo por soldados brasileños que, cumpliendo órdenes, empujaban con bayonetas a los que intentaban escapar de aquel infierno.
Tras esta derrota, el mariscal paraguayo Francisco Solano López, al sentir amenazada su retaguardia por las fuerzas que avanzaban por Altos y Piribebuy al mando del general argentino Emilio Mitre (quien consiguió derrotar a las tropas paraguayas en la batalla de Boquerón, siendo nombrado en 1868 comandante en jefe de las fuerzas argentinas en Paraguay, por el presidente Sarmiento) y el brasileño José Antonio da Silva Guimaraes, decidió retirarse, dividiendo sus tropas en dos divisiones; una de vanguardia, que confió al general Resquín, y otra de retaguardia, a las órdenes del general Bernardino Caballero.
A las cinco de la tarde del 13 de Agosto se puso en marcha, con rumbo a Caraguatay, donde llegó a las ocho de la noche del día siguiente. De paso, mandó fortificar la entrada de la picada de Díaz-cué que conduce a dicho pueblo, dejando allí 1.200 hombres, con algunos cañones, a las órdenes del coronel Pedro Hermosa.
El movimiento de la columna paraguaya de retaguardia era muy lento por la larga fila de carretas en que iban los bagajes de su ejército. La extrema delgadez de los animales de tiro hacía que aquéllas apenas anduvieran. Al irse separando debido a esta lenta marcha, Caballero se vio separado de los suyos, solo en medio del enemigo, librado a su propia suerte. Era como el escudo del ejército en retirada, contra el cual se estrellaría todo el poder de la alianza.
El 15 de Agosto El Conde D’Eu precipitó la marcha de sus tropas y entró con todas ellas en Caacupé, a unos cincuenta kilómetros de Asunción, donde se enteró de la retirada total de las fuerzas paraguayas. Esta noticia lo dejó anonadado y sumido en el desaliento. Decía el Mariscal J. B. Bormann: "Habían caído por tierra todas sus combinaciones y resultaron inútiles todos los sacrificios hechos. El desánimo y la tristeza fueron generales". Pudiendo haber terminado la guerra después de Piribebuy, su ineptitud y su culpable irresolución habían hecho posible el alejamiento del mariscal López, con lo que la penosa campaña se prolongaba. Nadie ocultó su disgusto.
Ante la noticia de que la columna paraguaya se retiraba lentamente por la picada de Díaz-cué, que conduce a la llanura de Barrero Grande, el Conde D’Eu ordenó al Mariscal Victoriano Carneiro Monteiro que marchara rápidamente hacia el pueblo de Barrero Grande, para cortarles la retirada, mientras él caía sobre la retaguardia de los paraguayos.
El mariscal Monteiro se alejó a las dos de la tarde del 15 de Agosto, llegando a su destino a las diez de la noche. Desde allí despendió una división de caballería, a las órdenes del general Cámara, con rumbo a Caraguatay, que fue detenida por los hombres del coronel Hermosa, que habían quedado allí.
A las seis de la mañana del día siguiente, 16 de agosto, adelantó sus filas el primer cuerpo del ejército brasileño, acaudillado por el general José Luis Mena Barreto, que acababa de reemplazar al general Osorio.
Ante aquella situación el general Caballero extendió su línea de batalla destacando en su vanguardia al coronel Moreno, con dos cañones, y al comandante Franco a la cabeza de su batallón, dando frente a su enemigo, mientras él continuó su retroceso hacía el arroyo Yukri: su única posibilidad era llegar a los bosques de Caraguatay.
Moreno y Franco hubieron de soportar en seguida la presión de nueve batallones y el fuego de numerosas piezas de artillería. Hostilizados en los dos flancos por regimientos de caballería, lucharon con extraordinario heroísmo.
Dos horas después, el general Vasco Alves Pereyra, que mandaba la vanguardia del ejército imperial, intercambiaba los primeros tiros con la retaguardia de Caballero y empezó a tronar en lo lejos los disparos de la artillería paraguaya, que rechazaba en ese momento las cargas del general Cámara en la boca de la picada de Caraguatay.
El Conde D’Eu, al oír aquellas detonaciones precipitó la marcha de sus tropas y salió con todas ellas en Acosta-Ñu, sitio donde iba a librarse la batalla. Los paraguayos disponían de unos 4.500 hombres y algunos pocos cañones, y sólo contaba con un batallón de veteranos, el 6º de infantería. El resto eran niños y ancianos. Los niños fueron disfrazados con barbas postizas para que el enemigo los tomara por adultos y les presente combate. Su caballería era escasa y en mal estado y le amenazaban dos cuerpos de ejército, sin contar las otras tropas que se aproximaban por Tobatí.
Comenzó la batalla en un campo abierto, cubierto de malezas. Los paraguayos quedaron rodeados por el ejército brasileño,
Moreno y Franco hubieron de soportar en seguida la presión de nueve batallones y el fuego de numerosas piezas de artillería. Hostilizados después, en los dos flancos, por regimientos de caballería, supieron imponerse, luchando con extraordinaria gallardía.
Mientras tanto, el general Caballero impidió con habilidad que sus fuerzas fueran rodeadas y consiguió llegar a la orilla opuesta del arroyo, donde emplazó la artillería. El Conde D’Eu colocó sus cañones frente al paso, abrió un nutrido fuego contra la posición paraguaya, y ordenó una carga a fondo sobre el puente que fue repelida.
La batalla llegaba a su momento culminante. Era ya mediodía, y desde el amanecer la lucha no hubo tregua ni descanso. Se produjo una nueva carga y nuevamente fue repelida por Caballero. El cauce del arroyo quedó colmado de cadáveres. Optó entonces el ejército imperial buscar un vado, para evitar fracasar en otro ataque frontal.
Caballero volvió a hacerse fuerte sobre el puente de Piribebuy, conteniendo con todo éxito el avance de sus persecutores. La tarde inclinaba. De pronto los paraguayos se vieron acometidos por la retaguardia, era el segundo cuerpo del ejército brasileño que llegaba. Se trataba de una fuerte columna de infantería, con ocho bocas de fuego, a las órdenes del general Resín, que obligó a dividir las escasas fuerzas de Caballero y a atender dos acometidas simultáneas. En esos momentos los paraguayos estaban siendo atacados por los cuatro puntos cardinales: por el norte, la caballería de Hipólito Ribeiro; por el este, las fuerzas del General Cámara; por el sur, los veteranos del General Resin; y, finalmente, por el oeste, las fuerzas comandadas por el Conde D'Eu.
A esa hora Franco (que resultaría muerto en el combate), ya no contaba con apenas veteranos. No le quedaban sino niños disfrazados y jinetes mal montados. Según el historiador Juan José Chiavenatto: "Los niños de seis a ocho años, en el fragor de la batalla, despavoridos, se agarraban a las piernas de los soldados brasileros, llorando e implorando que no los matasen. Pero eran degollados en el acto. Escondidas en al selva próxima, las madres observaban el desarrollo de la lucha. No pocas agarraron lanzas y llegaban a comandar un grupo de niños en la resistencia"
Después de la insólita batalla de Acosta Nú, cuando estaba terminada, al caer la tarde, las madres de los niños paraguayos salían de la selva para rescatar los cadáveres de sus hijos y socorrer los pocos sobrevivientes, el Conde D´Eu mandó incendiar la maleza, matando quemados a los niños y sus madres." Su orden era: “Matar hasta el feto del vientre de la mujer".
Según cuenta el historiador argentino José María Rosa en su libro "La Guerra del Paraguay y las Montoneras argentinas". “Seis horas resistieron las cargas de la pesada caballería brasilera, que vengando el engaño acabaría incendiando el campo de batalla con sus oponentes infantiles”. Si hemos vencido fue por que hasta los niños paraguayos hemos matado”. Esta y otras más, fueron las declaraciones de Sarmiento ya finalizada la Guerra de la Triple Alianza.
Caballero se defendió como pudo hasta que, dispersados los restos de sus fuerzas, confundido en el tumulto inmenso de la lucha, pudo cruzar sin ser reconocido, entre regimientos y batallones, llevando en tras de sí a los pocos que habían escapado de la matanza.
Francisco Solano López consiguió escapar del cerco de las tropas del Conde D'Eu, pero finalmente murió el día lº de marzo de 1870. Con él murió el Paraguay.
La batalla de Acosta-ñu, es algo que la humanidad no debería olvidar. Un ejército de niños, peleando contra profesionales. Pero por desgracia, cada día vemos como esto se sigue produciendo en diferentes partes de nuestro planeta.
En Paraguay, ese día 16 de agosto, se celebra el día del niño y existe un estudio por parte de la OEA, para que dicha celebración se extienda a todo el Continente Americano.
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