Periódico digital del Norte de Tenerife
Celestino González Herreros
Dejando atrás los soleados pasillos, salgo ilusionado al patio de la vieja casona, resuelvo dar un corto paseo bajo el sol radiante de la mañana a estirar un poco las piernas y desentumecer los músculos. Me sentía atraído por el sedante murmullo de la brisa que a mi paso se me hacía más ostensible y delicada; qué dulzura para el alma sentirla deslizarse por entre las ramas de los viejos árboles y presentirla tras los estáticos y aburridos cristales de los ventanales. Qué sensación de libertad me produce yendo por el campo, intuyendo su vuelo, y qué profunda nostalgia lleva su silencio. Este amanecer en el campo es tan distinto, presiento el agua correr por la quebrada que serpentea en su descenso hacia el sombrío y profundo barranco; y la siento cantarina, ¿qué flor llevará de encargo su líquido diáfano que baja tan ligero acariciando las piedras lisas de sus reverdecidos márgenes, desde las descendentes lomadas...
Mirando al cielo voy por los caminos, y de cuando en cuando, en esta mañana tibia y sensual, me extasío viendo cómo se mueven las escasas nubes; emulando figuras caprichosamente animadas: distintas formaciones imaginarias, todo lo cual, contribuye en mí, de alguna manera, a figurarme semejanzas insólitas de cosas reales o de espectros que se deforman y transforman de nuevo deliberadamente, cual mística danza orquestada en el espacio etéreo del cosmos. Lejos del alcance del hombre.
¡Y el silencio de la tierra dice tanto! Me detuve un instante bajo la vetusta higuera, al socaire de los rayos solares, alentado por aquellos viejos recuerdos de la niñez, cuando no alcanzaba asirme a las retorcidas ramas y para mí representaba lograrlo una gran aventura... Hoy las acaricio con familiar ternura, siento que le da a mi vida sensación de compañía y cuido su viejo tronco con el esmero debido. Y ya pocos árboles y arbustos quedan en los reducidos huertos, los graneros y los pajares ahora cumplen otros cometidos distintos para lo que fueron levantados. Antes, cada mañana me cruzaba en el camino con aquellos campesinos, que también antaño eran diferentes. Cuando llevaban el ganado a beber agua al pequeño estanque, y siempre se rezagaba alguna a beber directamente en la cercana atarjea. Yo disfrutaba acariciándolas. El respetuoso y cordial saludo del hombre del campo era un gesto innegable que les dignificaba ante los demás, no el adulamiento servil hacia el patrón, ese se notaba que era forzado.
Tomando otro atajo de la campiña y cuando ya había caminado buen trecho, me llamó la atención tanto mutismo en el ambiente, ni una sola persona que rompiera esa monotonía; el campo estaba desierto, como si yo fuera su único habitante. Se había roto gran parte de la armonía ecológica, el hombre de hoy es menos cauto, más detractor, no piensan en las posibles y actuales consecuencias ambientales y económicas. No piensan en la muerte segura de nuestra flora y la fauna, en el ambiente ya contaminado. Sólo quedamos unos cuantos románticos "predicando en el desierto" y somos tan pocos que sentimos como se desvanecen nuestras observaciones, viéndolas ceder ante el supremo influjo de una mayoría de ignorantes que no hacen nada por enmendar el mal que ha contribuido a su desorbitado deterioro.