Periódico digital del Norte de Tenerife
Salvador García Llanos
VALE MÁS SUFRIR QUE SER VENCIDO
Pregón de las fiestas de La Zamora-Grimona (Los Realejos) en honor a Nuestra Señora de las Nieves
Los Realejos
Reza un dicho anónimo: “En la fiesta del patrón, repiques, cohetes, música y sermón”. Fíjense cómo los cuatro elementos condensan la celebración de los festejos populares que tienen sus fechas reservadas en el calendario y, lo que es más, en el quehacer de los habitantes de un lugar. Habrá más, de hecho hay más, pero el tañido alegre de las campanas que despierta o convoca; el estallido de los voladores y los fuegos de artificio que iluminan el cielo hasta hacerlo un manto resplandeciente; los sones y los ritmos de una banda, de una orquesta o de la megafonía ambientadora y la palabra religiosa que glosa la advocación, en este caso, de la patrona, y reivindica el fervor, son componentes de la esencia de un tiempo breve, de unos días, en los que el trajín cotidiano, simplemente, deja de serlo.
Hasta La Zamora-Grimona venimos a pregonar, después de haber recorrido en un par de visitas las entrañas del sector que fue creciendo, sin darnos cuenta apenas; tras haber pulsado el testimonio de personas que forman parte de ese proceso y que mantienen encendida la llama de su amor por el barrio y por las fiestas que hacen entre todos para situarlas entre las más animadas del municipio y después de haber contrastado las fuentes documentales que dan noticia de orígenes, hechos, episodios, personajes, sensibilidades y afanes que son la historia misma de este núcleo realejero que todavía, pero principalmente en sus fiestas, amanece “dando olor a romero, a claveles y rosas de sus jardines celosamente cuidados”, según describe Víctor Juan Pérez Pérez en la cronología que contiene su obra titulada “La comarca de Juan de Zamora y Jorge de Grimón”.
“Fiesta mía es esta fiesta,/ fiesta que tanto debo./ A la Virgen de las Nieves/ amor, cariño y respeto/.
“Fiesta que alegra y me alegra/ fiesta que llevo muy dentro./ Fiesta nueva es esta fiesta,/ fiesta de vivos recuerdos”.
Así dicen los versos con los que el citado autor acentúa la brillantez de los actos de 1980, cuando aún saboreábamos el estreno de la democracia y la ciudadanía española y la canaria se ilusionaban para protagonizar una nueva era que significara la superación de tantas colisiones y de tantos obstáculos que habían frenado la modernización, el progreso y el legítimo deseo de convivir en libertad.
Pero seguro que también se ilusionaron antes, mucho antes, quienes recibieron tierras que recompensaron su dedicación a la conquista. Las que recibieron los militares hidalgos Juan de Zamora y Jorge de Grimón son las que dan nombre a este núcleo urbano que, si allá por 1500, el pregonero, como cualquiera de ustedes, las imagina aptas y fecundas para el trabajo agrícola, de regadío y secano, luego vienen a ser escenarios donde sobresale el tesón de los personajes que las hacen su sostén de vida y las van configurando a medida que surgen las necesidades y las aspiraciones hasta convertirlas en un desafío en medio de las dificultades del analfabetismo, del transporte, de los rudimentos agropecuarios, de los imponderables de la madre naturaleza o de las crisis cíclicas de los cultivos.
Los estudiosos hablan de arrendamientos y herencias, de medianeros y peones, de las primeras cosechas de trigo, de cebada, de papas, vid y tabaco, de higueras morales y tomates. Hasta de caña de azúcar, que sirve para situar, a finales de 1700, la instalación de un trapiche.
E, igualmente, de caminos vecinales. Debió ser una pugna titánica, como hoy por las carreteras y las infraestructuras. Esa pequeña gran historia de territorios y recursos está llena de episodios como el que se encuentra en las páginas de El Eco del Comercio, que se autotitulaba Periódico literario de noticias e intereses materiales. En su número 1.024, del 8 de marzo de 1862, su corresponsal en el Puerto de Orotava -respetamos escrupulosamente la reproducción que nos facilita el ex alcalde realejero, maestro y licenciado en Ciencias de la información, Jesús Manuel Hernández García- escribe del celo que el Gobierno Civil inculca, a través de una circular, a los alcaldes de los pueblos para que se esmeren en el ramo de los caminos vecinales.
Fíjense en las líneas que siguen porque seguro que les suenan y hasta les resultarán familiares:
“…Este celo de la autoridad superior es un asunto de vida o muerte para los transeúntes de este pobre valle de lágrimas, es digno de la mayor celebración por parte de los afligidos. ¡Oh! los caminos vecinales de nuestros pueblos dan grima… los de la jurisdicción del Realejo bajo, en particular, no son más que puros derriscaderos; hay puntos por donde no se puede transitar sin riesgo de la vida: el lugar, por ejemplo, donde llaman La Zamora, es de los más infernales: son tan profundas las huellas que el tiempo ha ido grabando allí sobre la dura tosca que el alma sobrecogida al pasar por tales precipicios no piensa más que en la muerte… El abandono, pues, tan escandaloso en que se ven los caminos que unen entre sí los pueblos del interior de Tenerife es tanto más punible, cuanto a que muy poca costa, se pueden dejar muchos de ellos perfectamente bien arreglados. Tanto abandono, tanta desidia, ¿en qué consistirá?”, acababa preguntándose el corresponsal.
La reivindicación no cayó en saco roto, lo que nos hace pensar en la influencia que entonces podía concentrar el medio aludido, especialmente entre los círculos ilustrados, porque en la edición número 1.029 del miércoles 26 de marzo, es decir, apenas veinte días después, con el título Crónica del país, se publica una información del mismo corresponsal en la que puede leerse:
“No sabemos si habrá sido a causa de nuestras justas quejas pero es lo cierto que el ya célebre Camino de La Zamora, en la jurisdicción del Realejo bajo, está próximo a arreglarse. Ya van, pues, a desaparecer para siempre, los precipicios de aquellos lugares, los hondos escanillos sobre la dura toba, vivas huellas del tiempo que marcan para el transeúnte la indolencia de nuestros hombres…”.
Claro que el contento se diluía en un sorprendente tono autocrítico cuando en el mismo texto se aprovecha para hablar del oscuro porvenir de las islas, con la recesión experimentada por la cochinilla en los mercados y con la indolencia y la falta de atención al cultivo del tabaco, considerado entonces -y empleamos la expresión literal de la crónica- como “un áncora de salvación para estas islas”.
Este breve repaso periodístico concluye con otra referencia a la misma publicación, El Eco del Comercio, que, en su edición de 12 de julio de ese mismo año, 1862, inserta un suelto en el que alude, en cierta medida, a la influencia anteriormente referida. Esta vez, menos escéptico y en tono grandilocuente, se congratula y dice:
“…Y hoy nos toca a nosotros dar un voto de agradecimiento al inventor de la imprenta al dejarnos, por decirlo así, la palanca de la regeneración social. Merced a ello, hoy damos gracias también a los que han acogido nuestra débil voz, cuando nos lamentábamos del mal estado de los caminos vecinales. Hoy, en fin, tenemos el gusto de participar a nuestros lectores que, merced al continuo grito de la prensa, muchos trozos en los caminos de nuestra isla se han arreglado y que el tan decantado derriscadero de La Zamora, en la jurisdicción del Realejo bajo, se halla ya, desde hace algunos días, transitable. Ahora convendría -se añade- se hiciera otro tanto en la jurisdicción de este Puerto, concluyendo o arbitrando el modo de terminar los trabajos del camino de San Antonio”.
En los documentos del pasado siempre se descubren cosas. Permitan esta licencia: salvando las distancias y las circunstancias, claro está, pensemos por un momento: 1862, no había maquinaria, sólo utensilios y mano de obra; no habría grandes presupuestos, sólo pequeñas dotaciones o consignaciones; no existían medios de comunicación audiovisuales que ejercieran presión e hicieran redifusión de sus apabullantes tertulias o foros de opinión… Y en cuatro meses, los que van de marzo a julio, ya habían resuelto el arreglo de un camino -un “camino de cabras”, seguramente, de ignorada longitud- para poder transitar y con el que sortear los peligros físicos que acechaban. ¿Cuánto se hubiera tardado hoy, con consultas, debates, informes técnicos, aprobación de órganos, proceso de adjudicación de obras y materialización de éstas?
Esa era la licencia para la que pedíamos permiso y que nos acerca acaso a otros aspectos más recientes de la historia de La Zamora-Grimona, caracterizados por el esfuerzo, la preocupación social y el desprendimiento de sus habitantes. Ellos escucharon repiques, música, cohetes y sermones en estas lindes poéticas que tomamos de Víctor Juan Pérez Pérez y que nos sitúan territorialmente:
“Desde Zamora Baja a la Alta/ se conforman, cultivos y escaleras de calles/ cuando Zamora y Grimón las poseyeron/ las poblaba el pueblo guanche.
“Abajo, lindando con La Gorvorana/, Fincas del Llano, Jardín y Los Afligidos.
“Arriba, antes de Pago de Higa/ Carretera General, Timanfaya, Bentanor, Bentor/ la pequeña Guacimara/, Grimona, Yaiza y Ruymán, Echeyde junto a la plaza”.
Ellos vieron nacer y crecer el barrio. Junto a la carretera, junto a las fincas y los solares que fueron cediendo a la urbanización y a la autoconstrucción para que el desarrollismo se consolidara y se forjara, paulatinamente, un nuevo núcleo urbano que acogía incluso a familias de municipios limítrofes. Y con los hogares, escuelas, tiendas, establecimientos, iglesia, vías y servicios.
Es, seguramente, el mismo proceso experimentado en otros barrios. Pero en éste hay razones para enorgullecerse de quienes como Carmen López Delgado, ya en la primera mitad del siglo XX, fundara la primera escuela del sector; o Silvestre Chávez, en cuya casa, durante los años difíciles de la contienda incivil, se albergó el colegio de segunda enseñanza o instituto Farrais que lucía un generoso cartel identificativo en su fachada. Son -y como tales deben ser ponderadas- las primeras aportaciones a la formación o educación de los niños de La Zamora-Grimona, de otros barrios cercanos y de otras localidades.
Un párrafo específico para los docentes, de aquí y de todos lados, para quienes enseñaron a leer y a escribir y muchas otras materias del saber y de la vida. Se ha entusiasmado el pregonero cada vez que tiene noticia de la jubilación o del homenaje a maestros y profesores que terminan siéndolo de varias generaciones y reciben, al término de su rico magisterio, la expresión de afecto y respeto de antiguos alumnos y de tantos padres que agradecen implícitamente su dedicación.
Aquí no iba a experimentar menor sensación al leer el escrito publicado en el periódico El Día, hace casi diez años, firmado por el sacerdote y escritor oriundo de este barrio y afincado en Venezuela, Gonzalo Morales Hernández, que glosa la trayectoria y los empeños de Manuel Farrais que falleció a los 45 años, una vida truncada e interrumpida cuando ya se había trasladado a la emblemática Casa de los balcones de La Orotava.
De Morales, por cierto, hay que consignar, junto a su ejemplar labor pastoral, la publicación de su libro “La Elvira, fugados en velero”, otro testimonio desgarrado de lo que fue la diáspora canaria en la posguerra española.
Debemos estar, en definitiva, permanentemente agradecidos a quienes se esforzaron en enseñar y a quienes, desinteresada y pacientemente, han dedicado al barrio, a sus fiestas y tradiciones costumbristas, su tiempo y sus capacidades creativas.
Alfonso Dorta está ahí, por ejemplo, desde la celebración de los primeros festejos populares en 1985. Suyo es el mural primigenio, La casa canaria con el balcón y la palmera, al que han seguido otros motivos que servían de decorados o fondo de escenario, siempre tan admirados, de día y de noche, pues representaban una auténtica manifestación artística. Como suyo es también el compromiso durante varios años para dirigir o coordinar las tareas de montaje y ambientación, reclutando gente, incorporando a jóvenes y forjando un espíritu de equipo sin el cual sería imposible que las celebraciones se materializaran. Eso que parece tan fácil, cuando se llega y lo encontramos todo hecho, todo dispuesto, tiene mentores y operarios, guarda intensas horas de faena. Es de justicia reconocerlo.
A menudo no es valorado ese trabajo. Por fortuna, La Zamora-Grimona atesora una exitosa conjunción en ese sentido y sólo cabe congratularse de que cada año se plasme en obras como la que apreciamos en este mural de Francisco Hernández Fuentes, un canto canario, una combinación artística expresiva de nuestra flora y fauna, llena de encanto y misterio que parece inspirada en la pintura del grancanario Néstor Álamo. Al centro, el escudo de la familia Grimón, alusivo al lugar, “enseñoreando la plaza sobre un ramo de flores”, como señala el propio autor, que trata de explicitar así la eterna característica primaveral de nuestra tierra.
En el haber vecinal, en el marco de esa tarea inmensa que es trabajar por los demás, figura, asimismo, Eduardo Petrullo Priori, ciudadano italiano afincado en el barrio desde 1972. Se involucró de forma ejemplar: presidió la asociación de vecinos, participó activamente en el portal de Belén localizado en la calle Yaiza así como en las comidas de convivencia programadas con motivo de las visitas procesionales de San Cayetano. Su ánimo contagioso insufló el quehacer de tantos vecinos colaboradores cuya cita sería larga y correría el riesgo de alguna omisión.
Se integró, y como Pedro Escobar, el promotor e impulsor de tantas edificaciones, y tantos otros, frecuentaron las ventas de Pedro Páez, Joseíto y Domitila en cuyos mostradores y paredes parecen escucharse las conversaciones entre “buenos chochos, chicharrones y sardinas, pan redondo, queso blanco y buen vinito”, como las aderezara Agustín Hernández Hernández en sentidas estrofas.
Hasta aquí, hasta el “Jardín de Zamora”, donde las señoritas de Castro acudían a buscar flores para las alfombras de La Orotava -de ahí que la asociación vecinal haga honor con su nombre, Tulipán, a esa condición- hemos venido a pregonar su divertimento popular, su distracción lúdica y su particular fervor mariano a la Virgen de las Nieves. En sus calles hemos encontrado el sosiego de quienes viven confortablemente, de quienes conversan de manera apacible en el exterior de las casas, de quienes saludan gentilmente al paso de gente extraña, de quienes marchan y dan vida a sus ocupaciones en los numerosos establecimientos y comercios que forman parte de la geografía “zamorano-grimonesca”, si se nos permite la adaptación, y en la que también se integra la entidad vecinal fundada en 1981 -justo en la conmemoración del 3 de mayo- y que ha resultado decisiva, tanto en los impulsos de progreso del barrio -el recinto donde nos hallamos es una prueba de ello-, como en el mantenimiento de los afanes participativos que supere los vaivenes propios de una época en la que la convivencia comunitaria se ve muy condicionada por múltiples factores.
Hasta su iglesia, con el debido respeto, hemos venido para descubrir la mirada de la Virgen de las Nieves, esculpida por la mano sabia e inigualable del gran artista orotavense Ezequiel de León; y para rememorar los versos de Elsa López, dedicados en julio del año 2000 a otra Nieves, la palmera:
“Ella viene a buscarnos/ a otorgarnos sin sombras el don de la alegría/ y a darnos la dulzura que habíamos olvidado”.
Más localizados son éstos de Asunción Fuentes Delgado, publicados en la estimable edición del programa de las fiestas de este año:
“¡Canta el pueblo! Y te pasea por el barrio,/ son tus hijos el rosal de primavera,/ corazones que a tu paso cobran vida/ y se extiende por barrancos y laderas”.
Pero pulsamos también la identificación y la inquietud reivindicativa del indesmayable colaborador Esteban Domínguez, empecinado en un nuevo trono, en un baldaquino, donde luzca y brille, principalmente en trayectos procesionales, la talla de Ezequiel cuya veneración popular es ensalzada por el propio Domínguez en otro de sus textos.
Y en la iglesia, de cuya apertura y bendición se cumplirán el próximo mes de noviembre veintiocho años, el pregonero, en sus reflexiones, evoca al periodista y escritor argentino José Hernández, autor de El gaucho Martín Fierro:
“Gracias le doy a la Virgen/ gracias le doy al Señor/ porque entre tanto rigor/ y habiendo perdido tanto/ no perdí mi amor al canto/ ni mi voz como cantor”.
Porque la fiesta siempre despierta sensaciones. Y cuando ya participamos de la música, de los primeros repiques, de los primeros estallidos, de los saludos y los rencuentros, de los bailes desenfadados y de los besos atrevidos, de los tragos refrescantes, nos metemos en ella -cada quien en su papel- con las mismas ganas que el poeta mejicano Roberto Bonifaz que escribió
“…para los que fueron invitados/ una vez; aquellos que se pusieron/ el menos gastado de sus dos trajes/ y fueron puntuales; y en una puerta/ ya mucho después de entrados todos/ supieron que no se cumpliría/ la cita y volvieron despreciándose;
para los que miran desde afuera,/ de noche, las casas iluminadas/ y a veces quisieran estar adentro/ compartir con alguien mesa y cobijas;/ vivir con hijos dichosos/ y luego comprenden que es necesario/ hacer otras cosas y que vale/ mucho más sufrir que ser vencido”.
Son versos con los que interpretamos los contrastes de estas fechas en La Zamora-Grimona, cuando, como en cada agosto, huele a sombra en la arboleda, pasan pájaros perdidos y el cielo se resiste a madurar otoñal. En el principio de la fiesta, el pregonero, transido del dolor que deriva de los estragos del fuego en otros parajes y en otras islas, agradece la invitación y anima a participar porque, a diferencia de otras actividades, aquí el éxito depende de lo que cada quien sea capaz de aportar.
Atrás quedan los tiempos en que apenas se distinguía una loma, un camino y una era. Unas ventas y unas costumbres. A caballo entre San Benito y La Montaña. Todo eso es nostalgia y puede hacerse uso de ella, mas lo que importa es lo que emprendamos, hagamos y escribamos, como hicieron quienes nos precedieron en esta tarea para enriquecer la historia de La Zamora-Grimona y como hicieron todas aquellas personas, hombres y mujeres sin distingo social, chicos y grandes, que abrieron caminos e incursionaron para contribuir a una personalidad, para corresponder a la herencia recibida y a la contribución de los personajes que dieron parte de su vida a las aspiraciones comunitarias, y para no desmerecer con otros núcleos de población.
En tiempos de zozobra y penurias como son los que nos ha tocado vivir, digámoslo con palabras del gran literato francés Víctor Hugo:
“El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles, es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes, es la oportunidad”.
Así que ni débiles ni temerosos. El país, las islas, el municipio, el barrio precisan de valores en sentido contrario. Pensemos en las generaciones más jóvenes, en hijos y nietos que están apreciando lo que son escasez y carencias. Hay que decirles con claridad que no es útil quedarse cruzados de brazos y conformarse. La música, los repiques, los cohetes y el fervor están bien, acudamos a ellos anualmente; pero no bastan ni resuelven.
Hay que emprender, hay que tomar la iniciativa. Esa es la primera oportunidad. Aunque sea para sufrir que, con el poeta, vale más que ser vencido.
En La Zamora-Grimona algunas personas saben mucho de eso.