Periódico digital del Norte de Tenerife
Lorenzo de Ara Rodríguez
Mira, muchacho, tu verdad tiene el mismo valor que la mía, ¿te queda claro?, o sea, que tu mentira es igual de cabrona que la mía.
Así se debería iniciarse una conversación o discusión entre dos dinosaurios.
También el de Augusto Monterroso.
Tu verdad no tiene que ser más acojonante que la mía. Tu verdad no es más limpia que la mía. Tu verdad no es más universal que la mía. Tu verdad no es más puta o más santa que la mía. ¡Que no, joder!
Tu verdad no es la mía, pero el hecho de que quieras imponérmela te convierte en un hijoputa.
¡Hijoputa!
Yo no impongo verdades. Será porque dudo de mi verdad, igual que rechazo la tuya cuando nace desde el adoctrinamiento, el dogmatismo y la soberbia.
Al hijoputa que tiene verdad y la va enseñando por las plazas, calles, esquinas e instituciones, ni caso.
¡Puerta!
Quédate con la cabrona mentira. Mejor.
Quédate con la duda, con la inestabilidad, con el resquebrajamiento de todas las palabras.
Apártate de la luz que nace en el seno de galaxias ancianas que ya no generan más estrellas.
El cabrón que te vende una verdad es muy peligroso. Habla, habla, habla, y piensa, demasiado, pero en su nauseabunda soberbia radica el mal.
Es un depredador.