Isidoro Sánchez García
Ingeniero de Montes y miembro de la RSEAPT
Hablar del geólogo y naturalista don Telésforo Bravo Expósito es hablar de uno de los vértices del espectacular triángulo de personajes que ha dado el valle de La Orotava en materia de ciencia, razón y fe, en los últimos siglos. Incluyendo obviamente a don Agustín de Betancourt y Molina, ingeniero, y a don José Viera y Clavijo, historiador y naturalista.
He de reconocer que he sido un alumno privilegiado por cuanto tuve al profesor portuense Telésforo Bravo, durante cuarenta años, como Maestro de la Convivencia. Siempre nos enseñó que es algo más que la simple coexistencia, de ir cada uno por su lado sin molestarse. Es simbiosis, donde reina el respeto mutuo, la aceptación de las reglas de juego y la condición de relacionarse con los demás a través de una comunicación permanente, fundamentada en el afecto y la tolerancia que permita compartir en armonía las diferentes situaciones de la vida. Sobre todo cuando se trata de una materia como la Conservación de la Naturaleza, en mayúscula, con los volcanes como protagonistas, como le sucedió con la erupción del Teneguía en 1971, y con los Parques Nacionales de Canarias.
Conocí a Telésforo a mitad de la década de 1960, en la portuense Peña Baeza, que presidía el recordado fotógrafo de la naturaleza Imeldo Bello Baeza; cuando me nombraron director del Parque Nacional del Teide en la década de los 70 compartimos Patronato; al igual que en el Parque Nacional de Garajonay cuando comencé mi andadura como director del mismo, en 1982. Siendo miembro de la Fundación canaria Alexander von Humboldt en 1999, le invité a que impartiese una clase magistral en el Parque Nacional del Teide a los miembros de la Asociación Humboldt de España que presidía el magistrado Marino Barbero. En 2004, dos años después del fallecimiento de Telésforo, participé en la elaboración de una <<Cantata a la Naturaleza>>, en homenaje a Telésforo Bravo y los 50 años de la declaración del Teide como Parque Nacional. Resultó ser un mix energético, combinación de música y poesía, con la coral portuense Reyes Bartlet como protagonista, que se desarrolló a lo largo de un sendero virtual que iba desde el Atlántico hasta el Pico del Teide, de la mano del naturalista alemán Alejandro de Humboldt, que tanto admiró Telésforo, y de la poeta cubana Dulce María Loynaz, a quien conoció en el Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias (IEHC) cuando la inauguración de la sede de la institución en 1953. En la actualidad continúo mis relaciones con el profesor Bravo, participando en los actos del centenario de su nacimiento en el Puerto de la Cruz, en enero de 1913, que recuerdan al sabio portuense como naturalista por antonomasia, científico humilde, profesor excursionista, descubridor de rincones insulares, defensor del espacio natural de las laderas de Martiánez, comunicador exquisito, fornido atleta, trabajador, fotógrafo, empedernido luchador que murió en un día de calima invernal, con las botas puestas, al igual que Viera y Clavijo cuando ojeaba un libro.
Durante todo ese tiempo Telésforo publicó trabajos relacionados con las ciencias de la naturaleza, desde el lagarto gigante y la geografía general de Canarias hasta estudios geológicos y petrográficos de La Gomera; investigó sobre las galerías de agua en Tenerife y La Palma, y estudió en Lanzarote, la isla de Manrique, el volcán de la Corona, los Jameos del Agua y la Cueva de los Verde. También desgranó la hidrología de la Caldera de Taburiente, dibujó mapas vulcanológicos y realizó aportaciones geológicas fundamentales, como los deslizamientos gravitacionales que permitieron explicar los procesos que originaron las grandes depresiones de Tenerife (la Caldera de las Cañadas y los valles de La Orotava y de Güimar). Unas veces los escribió solo y otras junto a colegas geólogos, algunos de ellos familiares, como su yerno Juan Coello, y su hijo Jesús Bravo.
A lo largo de su dilatada vida, cerca de 90 años, al igual que el naturalista alemán Alexander von Humboldt, tuvo diversas responsabilidades en los ámbitos académicos, particularmente en el científico, relacionado con los Volcanes y el Agua, con la Gea y la Cultura. Fue miembro de la RSEAPT y dirigente del Instituto de Estudios Canarios, entre otras instituciones culturales.
Por sus méritos profesionales recibió múltiples reconocimientos en diferentes ámbitos: académicos, técnicos, sociales y culturales. Fue distinguido como Medalla de Oro de la Asociación Viera y Clavijo, Cofrade de Honor del Vino, Premio Canarias de Investigación y Premio César Manrique, Hijo Predilecto de Tenerife, entre otras. A título póstumo la comunidad canaria y su pueblo natal, le reconocieron de manera singular con la Gran Cruz de la Orden de Canarias y la Medalla de Oro, respectivamente.
Existen en la geografía canaria lugares y formaciones naturales que hacen referencia a Telésforo Bravo, como sucede con el sendero que llega desde La Rambleta hasta el Pico del Teide, el punto más alto del territorio español (3.718 metros) o con el acuífero Coebra ligado a los profesores Telésforo Bravo y a Juan Coello en la Caldera de Taburiente (La Palma), al igual que existen especies animales asociadas a Telésforo Bravo: una rata fósil (Canariomys bravoi) y un lagarto (Lacerta bravoana). Una especie vegetal endémica de La Gomera (Euphorbia bravoana) está dedicada a su hermano Buenaventura por el ínclito botánico sueco Enrique Sventenius, amigo de los hermanos Bravo, quien se sorprendió gratamente cuando conoció en la isla colombina el impacto de la lluvia horizontal. Un Instituto de Enseñanza Secundaria del Puerto de la Cruz lleva el nombre de Telésforo Bravo, al igual que el Centro de Visitantes del Parque Nacional del Teide, en La Orotava. Esperemos que algún día sea realidad el Museo de Agua “Telésforo Bravo” en el Puerto de la Cruz.
Telésforo no solo hablaba con las piedras, como escribió su amigo Carlos Pinto Grote. También fue Maestro de la Convivencia, con las plantas y los animales, con el agua y los minerales. Particularmente me enseñó a convivir con los espacios naturales protegidos, especialmente con el Teide, en Tenerife, y el Garajonay, en La Gomera, y con recursos culturales como los gánigos guanches cerca de la vía pecuaria del Camino de Chasna y con el silbo y la gastronomía junto a los roques, taparuchas y fortalezas gomeros, respectivamente. Me ayudó a gestionar y compaginar la conservación de los recursos naturales con el uso público en los citados parques nacionales. Gratos recuerdos mantengo del profesor Bravo en las visitas al Teide y al Garajonay con los técnicos del NPS de los EE.UU. y con los jóvenes valores profesionales españoles incorporados al organismo de Parques Nacionales tras la aplicación del <<Espíritu de Yelowstone>> que se trajo de América, en 1972, el ínclito ingeniero forestal Francisco Ortuño. Notables las observaciones de Telésforo al caso de la explotación de las minas de piedra pómez en el Teide y de alguna que otra presa en Garajonay.
En el recuerdo las clases magistrales que Telésforo impartió en septiembre de 1999 a la Asociación Humboldt de España, cuando la celebración del bicentenario de la visita de Humboldt a Tenerife. Inolvidables las dos charlas en el P.N. del Teide, una en el Portillo y otra en Boca de Tauce. Habló del origen de las Cañadas y del complejo Teide-Pico Viejo en el Centro de Visitantes mientras que en el mirador de Pico Viejo relató el volcanismo histórico de Canarias y evocó las distintas erupciones: en Tenerife (Arafo, Fasnia y Garachico, 1704-1706, Pico Viejo en 1798 y Chinyero 1909), en La Palma (San Juan, 1949, y Teneguía, 1971) y en Lanzarote (Montañas del Fuego, en 1730-36 y Tinguaton, 1824).
Aún no se había producido la erupción submarina de La Restinga de 2011 en El Hierro. Curiosamente la isla del Meridiano fue también un auténtico laboratorio de convivencia con la naturaleza. La excursión que en la primavera de 1967 hicimos la Peña Baeza a la isla de los bimbaches, con Telésforo Bravo de líder, resultó inolvidable, así como las figuras del sobreguarda forestal don Zósimo Hernández y el cronista don José Padrón Machín, protagonistas herreños. También doña Valentina, en Sabinosa, el Crés en la Dehesa, las laderas del Julan y la excursión a las Chamuscadas y Ventejís en busca del Garoé, marcaron un referente en la historia mediática de la isla El Hierro. Telésforo disfrutó con nosotros y nosotros aprendimos del maestro. Fue uno de los ejercicios más valorados de nuestra Convivencia con la Naturaleza, con la geología de la isla, con los jóvenes volcanes, con el pinar, con el sabinar, con la historia del Garoé, con el mar de las Calmas, con el Meridiano de Orchilla, con el agua escondida en la lenteja basal, y con el recuerdo de los lagartos gigantes de Salmor.
El profesor Bravo tenía un sentido muy peculiar del patrimonio natural. Recuerdo que cuando se asomaba al valle de La Orotava en el mirador de las Piedras de los Pastores, en el borde de la finca estatal “Cumbres del Realejo Bajo” que administraba don Pedro -el guarda de la setas- le gustaba decir: <<Desde Tigaiga hasta Tamaide y desde el mar hasta la cumbre, todo esto en mío>>. Lo cierto es que nunca fue egoísta, todo lo contrario, un verdadero Maestro de la Convivencia, al que le gustaba compartir sus conocimientos. Ahora que se cumplen cien años de su nacimiento (1913-2013), es una buena oportunidad para recordarlo.
Algunos ciudadanos del mundo, canarios, europeos y americanos, hemos querido aprovechar esta fecha de 2013 para dedicarle un homenaje literario y fotográfico a este singular naturalista canario, que nació y murió al pie del Teide, a cuya historia geológica y volcánica dedicó gran parte de su vida. De ahí el libro CANARIAS, DESDE EL MAR HASTA EL CIELO que será presentado a lo largo del año en diferentes islas a celebrar en variadas actividades culturales, así como un audiovisual sobre los Parques Nacionales de Canarias y sus áreas de influencia socioeconómica.