Periódico digital del Norte de Tenerife
Víctor Juan Pérez
A ver si un día de estos, me reencuentro con el pasado primaveral. Un día, que con mi entrada en el inviernogeneracional voy a tener suelto. Un día distinto al habitual, al cotidiano, uno parecido a los que gozábamos cuando éramos ferringallos y lo organizábamos a nuestra manera.
-Un día de estos sin perder la vista a este valle de sonrisas y lágrimas, me iré sendero arriba, por los Pinitos, las Vueltas, Madre Juana y pasando el mirador de la Corona seguiré por la pista forestal, -cogiendo algún que otro atajo- hasta llegar a la siguiente loma. Y allí donde parece que el Teide lo tengo al alcance de la mano, -vamos que lo puedo besar- me sentaré a la orilla del camino, donde pueda divisar este valle desde las alturas, dejando que el pensamiento haga lo que quiera.
-Un día de estos, -quizás mañana-. Desde que despunte el día, me pondré en camino y lo haré llevando caramelos de eucaliptos en los bolsillos para matar las ganas de comer, como lo hacía en aquellos tiempos añorados, con los primeros amigos de la calle El Cantillo o oficialmente llamada calle de José Antonio el primo de Rivera).
Vaya por donde, después de tanto tiempo, recuerdo los nombres de los amigos de la calle: José Manuel el de Faustina, el de Lola, Paco el Chacón, Manolo el alemán, Juanillo el de Eusebia, Joaquín el tambor, Antonio el galano, Enrique el de Mima…nos llamábamos o nos conocíamos por nuestro nombre de pila y después le añadíamos como primer apellido el apodo familiar o el nombre de la madre que nos parió (eran tiempos en que los padres estaban como ausentes, distanciados, distraídos) y nuestras madres preocupadas por nuestro quehacer diario, ( no quiero decir que ahora no lo estén) la diferencia es que antes nos educaban con algunos miedos y muchas prohibiciones. Me acuerdo que para que no nos alejásemos del entorno y de lo permitido, nos decían que el Infierno se encontraba en El Teide, herencia de nuestros antepasados guanches.
Buscando alternativas al juego de la pelota en la calle, al de indios y pistoleros en el barranco o una de romanos, según la película que veíamos en el cine del domingo por la tarde. Optábamos por nuevas inquietudes aventureras, haciéndonos esas caminadas improvisadas cada vez más duraderas en el tiempo y la distancia, alcanzando el Infierno (Teide) por sus laderas de atrás: Infierno- Teide- Echeyde. El volver se nos hacía más fácil, (bajando hasta las piedras corren).
- Un día de estos, (ahora que paso a ser actor secundario en el teatro de la vida), desconectaré la luz de la casa y pasaré la llave a la puerta, por si el volver se hace más tardío. Iré bordeando la ladera para no perder el tino, hasta que las piernas aguanten. En una de esas paradas y con vista al valle, descansaré a la sombra de un pino, dando riendas sueltas a mis pensamientos, lo haré desahogándome en voz alta … y que el eco se extienda por el pinar de Chanajiga.
Observando la panorámica de este valle, cómo es posible que en tan poco tiempo la avaricia humana lo haya convertido en un cementerio almidonado cementado, descolorido, como dice el turista europeo que venía antes, venía ayer y dejó de venir hoy, - valle de la Orotava - ¡CATÁSTROFE!.
Por momentos, cierro los ojos y en un éxtasis de relajación mental, me dejo llevar por los sonidos silenciosos de la brisa al rose con el pinar y los cantos inocentes de los pájaros de El Teide. En esta meditación en armonía con la naturaleza, meoxigeno los pulmones con la pureza del aire. Me reprime la masificación urbanística y poblacional de mar a cumbre, en que se ha convertido este valle, haciendo desaparecer las tierras de cultivos, que los premiados en las urnas aconsejados por sus consejeros inmobiliarios, empresarios turísticos, han sustituido por cemento y asfalto, (por cierto el boonturístico está pasando a mejor vida junto a la construcción) y ¿ahora qué?, -ahora volverán las oscuras golondrinas-.
Y en este descanso y relajación en que me encuentro, el sueño se hace dueño del dormir, dejándome llevar lejanos recuerdos entran en los sueños, situándose en la niñez, se describen dos pequeños pueblos blancos, en un verde alfombrado platanal, caseríos y casas terreras, bordeando los barrancos en calles empedradas, algunas pendientes exageradas, pero todas dirigidas a un mismo destino (la iglesia de Santiago en el Realejo Alto o a la iglesia de la Concepción en el Realejo de Abajo), dejando las tierras llanas para el cultivo.
Mis primeros años de vida se plasman en el sueño cuando esos dos pueblos pasan hacer uno solo. Años antes, en este laberinto de retazos históricos en que me envuelvo y para que no hubiesen disputas donde ubicar la Casa Consistorial (Ayuntamiento) desde el otro lado del barranco de Godínez, contemplo la humareda negra del incendio del convento conocido por el de San Agustín (año 1952). Allí se encontraban las dependencias municipales del Realejo de Abajo, Iglesia del Carmen, convento, juzgado, escuelas de niños y niñas…(eso sí, hubo el detalle de dejar salir a los niños de la escuela, diez minutos antes de que comenzase el incendio al mediodía). Entre tantos papeles que se quemaron, estaban mis partidas de nacimiento con un solo nombre, después en las nuevas partidas se le añadió un segundo nombre y quedó más bonito.
Y como los sueños van de incendios, se hizo partícipe otro incendio, el de la Iglesia de la Concepción del Realejo Bajo, al mediodía de un domingo del mes de agosto de 1978. Comentario inédito, el de unas beatas de avanzada edad dejando unas velas encendidas en la Iglesia, cuando ya no pudieron apagar las primeras llamas, subiendo por las escalinatas de la plaza apresuradas, un comentario - no te dije que no era bueno dejar encendidas las velas, que está todo recién barnizado-. El cura párroco, sube por el Cantillo apresuradamente, dejando la misa de San Vicente a la mitad y exclamando:¡ ya estas viejas me quemaron la iglesia!.
En el sueño profundo en que había caído, aparece la coartada a los vecinos de otra beata,- desde mi azotea vi salir un joven de la iglesia corriendo por la plaza antes de empezar el fuego, pero no le vi la cara-.
El cansancio de la caminata, la paz y tranquilidad que se respiraba en el lugar, me hizo caer en un sueño profundo y estrafalario, despertando de una forma brusca al verme reflejado en el joven que corría. Luego me incorporé, volviendo a la realidad de una manera vaga e inconsciente.
A la puesta del sol de los muertos en la caída de la tarde, contemplo un valle esplendoroso lleno de coloridos y tres pueblitos de antaño fundidos en uno solo, como una gran urbe de colorines.
Descarto el reto de seguir hasta El Teide como lo hacía en la juventud y me vuelvo a la civilización. En la vuelta hago una última parada en el mirador de la Corona observando el valle, a mis adentros exclamo:- todavía se está a tiempo-.
-Un día de estos, como el de hoy, al igual que el de ayer y probablemente el que viene mañana, haré lo mismo de siempre. Pondré desde muy temprano a cacarear el transistor de la mesita de noche, para oír a los informadores con sus controversias en sus tertulias, opiniones y noticias de lo que está pasando hay fuera y después del desayuno la escudilla de leche con gofio, me iré a hacer los cinco kilómetros marcha, habituales una vez que entras a formar parte del club de los jubilados.
Como dijo Calderón: ¿Qué es la vida? Un frenesí / ¿Qué es la vida? una ficción,/ una sombra, una ilusión, / y el mayor bien es pequeño, / ¡Que toda la vida es sueño, y los sueños sueños son!.