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Desde la cárcel
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Pablo Pacheco Ávila: Encuentro con la congresista Ileana Ros-Lehtinen
Pablo Pacheco Ávila: Encuentro con la congresista Ileana Ros-Lehtinen
Por Pablo Pacheco Ávila
Hace unos días, una pareja de amigos nos invitó a Oleivys y a mí a un desayuno americano. Como siempre digo, el futuro es impredecible. Mi amiga Olga, americana de nacimiento pero cubana de corazón y descendencia; Frank, su esposo, escapó de Cuba cuando la crisis de los balseros en 1994 y permaneció varios meses en la base naval de Guantánamo. Los dos sufren el dolor de la patria esclava, y ese dolor se nota en cada diálogo que sostienen sobre el tema y el interés que manifiestan por ayudar a los opositores pacíficos que se enfrentan contra el régimen de La Habana.
Después de salir rumbo a un Ihop cercano a su vivienda, debimos regresar pues yo había olvidado mis documentos y el teléfono en mi coche. Por coincidencias del destino, marchamos a otro Ihop y ni siquiera sabemos por qué cambiamos de rumbo.
Unos minutos después de sentarnos a la mesa, entró una señora de rostro familiar, de baja estatura, pelo rubio, con sonrisa amortiguada y del brazo de un señor mayor que ella. Su vestimenta era similar a la de todos los que allí nos encontrábamos y también debió hacer la fila para sentarse a desayunar. Siempre he creído que una duda pesa más que una verdad y no pude soportar mi curiosidad. Enseguida manifesté a mis amigos que la señora se me parecía a Ileana Ros-Lehtinen.
Confieso que estaba algo confuso. He vivido una buena parte de mi vida en una sociedad cerrada, impuesta por un sistema totalitario, y donde los políticos de los EEUU que defienden la libertad de Cuba son atacados hasta la saciedad por la dictadura. Por otro lado, tengo todavía presente en mi mente las diferencias entre los políticos de elite en la nomenclatura cubana y el cubano de a pie. El político cubano que más cerca he visto ha sido en la TV.
Olga, segura de sus conocimientos en política, me confirmó que se trataba efectivamente de Ileana Ros; Frank entusiasmado me llevo donde la congresista y nos presentó.
Conversamos con la misma naturalidad que lo hacen dos cubanos que añoran la libertad de su patria. Se interesó por la situación de la Isla, por mi familia, sobre mi situación actual. Aproveché para explicarle la situación vulnerable en que se encuentran los ex presos políticos que residen en España con sus familiares desde el pasado año y a los que pronto se les terminará la ayuda del gobierno español. Todos han ido a entrevista y solo esperan por el visado de los EEUU, pero por razones desconocidas, aun no les dan la visa para entrar a Estados Unidos.
Tras varios minutos de diálogo, nos fuimos a nuestras respectivas mesas a desayunar. El desayuno fue exquisito y la compañía de Olga y Frank un aliciente matutino.
Antes de marcharse, la Congresista pasó por nuestra mesa a despedirse y a enseñarnos las fotos que nos tomamos. Nos dijo que ya había enviado un email a su secretaria informándole que en los próximos días yo pasaría por su oficina para tratar el tema de los refugiados cubanos en España y otros de interés común.
Esa noche medité, medité con profundidad y comprendí más que nunca que en democracia todos somos iguales. Por mucha influencia que goce un individuo no puede mirar por encima del hombro a su semejante; por mucho poder político que se tenga hay que hacer colas, comer con gente común y corriente, vestir como los demás, porque son, a fin de cuentas, simples humanos como los demás. Aprendí, sobre todo, la lección de que la democracia te da la posibilidad de poner el límite uno mismo: cada persona llega hasta donde sea capaz de empujar en la vida.
Fuente:Blog Voces del destierro