Periódico digital del Norte de Tenerife
Diálogo entre una Gaviota y un canario…
Graciliana Montelongo Amador.
En lo alto del acantilado recapacita un canario. Una gaviota se acerca. Con delicadeza se posa a su lado.
- Disculpa si he usurpado tu lugar.
Fueron las primeras palabras que le dijo el canario a la gaviota. Ella le contestó:
- No te preocupes, esta zona pertenece a todos, pero llevo varios días volando por aquí y no te había visto antes. ¿Por qué has venido? Ustedes no suelen acercarse al acantilado.
- Es cierto, no solemos acercarnos por aquí. Cuando era pequeño, recuerdo que mi abuelo una vez al mes, salía temprano de la casa. Preparaba un morral, con agua y algo de comida. Cogía un palo, que él decía, se lo había prestado el hermano monte. Y se marchaba. Yo curioso le pregunté a mi abuela que a dónde iba. Ella se sentó en el alfeizar de la ventana y me contó que siempre sube a la montaña. Para dar gracias, por la buena cosecha que hemos tenido. A poner su espíritu en paz y armonía con la madre tierra, y que algún día, yo también haría lo mismo.
- Mucho han cambiado las cosas desde aquella conversación. La tranquilidad, que respiraba en la casa de mis abuelos, no la he vuelto a sentir. La forma pausada de vivir, parándonos para saludar al vecino. Aquellas noches de verano, en las que disfrutaba, escuchando el concierto que daban las ranas en el estanque. Ayer sentado en el sofá y después de oír las noticias. Mi mente trataba de buscar respuestas a todo lo que me rodea. A lo que está pasando y cómo hemos llegado a esta situación. Vivimos en una casa de papel. Rodeados de personas que parecen robots (Me incluyo) Dirigidos a producir dinero. Del cual recibimos una cuarta parte, pero ahora ni eso. Trabajamos más y cobramos menos. No me gusta esta forma de vivir. Tenemos que cambiar. A veces me siento acorralado, entre esta niebla gris, que todo lo cubre. Ensimismado en mis problemas no me di cuenta de que mi hijo pequeño me observaba y entonces me dijo:
-¿Papá, por qué no sacas a pasear tus pensamientos?
- Inteligente propuesta la de tu hijo.
-Desde luego que si, y fue en ese momento que decidí venir. Saqué del viejo ropero el morral de mi abuelo y emprendí la marcha. Ahora aquí, contemplo tu hermoso plumaje, tu vuelo en libertad. No necesitas mucho. No necesitas cosas, que a veces no sirven para nada. Me doy cuenta de lo hermoso que es poder disfrutar, de este momento, a tu lado. Ahora puedo apreciar como el sol, se viste de color, para despedir el día y escuchar el canto del mirlo. Puedo sentir la caricia del viento sobre mi rostro, mientras las nubes dibujan versos. Puedo apreciar que formo parte de todo y que mañana amanece de nuevo. Ahora puedo dar las gracias y comenzar otra vez. Arrojando a la basura lo inútil…
La gaviota estiró las alas, limpió su plumaje y se despidió diciendo:
- Has encontrado tu rumbo. Pero no te olvides de regresar al acantilado. ¡Hasta siempre canario!