Periódico digital del Norte de Tenerife
Evaristo Fuentes Melián
La caída de Gadafi me recuerda a las películas – llamadas ‘péplums’-- sobre la lucha desigual en el circo de la Roma antigua. En una de ellas, ‘Quo Vadis’, actúa el genial Peter Ustinov, interpretando con su babosería loquinaria a Nerón Emperador. En una memorable secuencia, Nerón, desde la tribuna del circo romano, corifeo flanqueado por una corte de adulones, contempla la lucha desigual entre un fornido gladiador y un toro salvaje (uro, en mis crucigramas), negro y brabucón. Este papel ahora—vaga la comparación—le corresponde a Gadafi. Otrora, antaño amigo, Gadafi ayudaba como yunta a conducir carretas en las romerías típicas occidentales, donde siempre suele haber daños colaterales. Los nativos libios, ahora llamados ‘rebeldes’, pisando la arena, luchan contra el cornúpeta Gadafi. El Emperador Nerón y sus acólitos, en conjunto escenifican a la OTAN, que ha hecho el trabajo limpio, pero también criminal, de dirigir la operación desde la grada, ayudando, cuando ha sido necesario, con mortíferos ‘mensajes’ aéreos. Gadafi se defendió panza arriba; o se ocultó en burladeros difíciles de localizar, sólo conocidos por él; no hay que olvidar que estaba dentro de sus dominios. Ha sido una desorganizada guerra sobre el terreno (muy similar, por su falta de disciplina y estrategia, a nuestras batallitas de adolescentes con escopetas de aire comprimido). Al fin, dieron con Gadafi, que ha sido salvajemente asesinado, con el beneplácito de la OTAN desde la grada.
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