Periódico digital del Norte de Tenerife
Celestino González Herreros
GRATA COMPAÑIA LA DEL VIEJITO...
En el más puro recogimiento, mirándole siento, ¡OH, Señor del Gran Poder de Dios!, su infinita bondad me invade, devolviéndome las fuerzas perdidas, aliviando mis dudas y temores. Viéndole, ¡siento una congoja tal!, no hay nada más dulce y noble que la expresión de su mirada.
Todos queremos compartir con EL estos momentos, más, viéndome postrado a sus pies, siento mi espíritu crecer. Todos sabemos que a su lado no estaremos perdidos; y le clamamos para que nos dé el valor necesario y poder sobrellevar esta corta permanencia nuestra y disfrutarla en paz y dignidad, para así, poder merecer mañana el reino de los Cielos
Mis plegarias fueron más íntimas que otras veces, necesitaba hallarme a mí mismo, deshacerme de tantos temores encontrados. La esperanza a través de su profunda mirada y sentir el calor de mis lágrimas ahora que estaba sólo con EL y nadie perturbaba mis calladas oraciones... Necesitaba revivir mi fe estando tan cerca al Nazareno, participar de su calvario para enriquecer mi espíritu con su gracia infinita y el ejemplo de su fortaleza, viéndole sufrir en silencio por todos nosotros. Eterna deuda de la Humanidad que tenemos que saldar en nosotros mismos si queremos la salvación del alma.
¡Señor, perdónanos! ¡Que no sabemos lo que hacemos! Cada instante de nuestra corta vida está en peligro si estamos lejos de TI.
Ese día había pocos fieles en la Iglesia. Afuera la tarde estaba lluviosa y fría. Me había entretenido viendo, bajo mi paraguas abierto, las flores de la Plaza recibiendo la tenue caricia de la lluvia que caía incesantemente. Tuve ocasión de sentirme único espectador del emotivo paisaje y recorrí todo el espectacular rectángulo florecido brindándole mi admiración personal por lo bellamente cuidado que le veía; llegué a emocionarme viendo a las esbeltas palmeras que me acechaban y hasta parecía que susurraran algo que se mezclaba con el monótono y acariciador ruido de la lluvia al chocar y deslizarse sobre la tierra, las plantas y la oscura tela de mi paraguas. Tal vez, las palmeras, al reconocerme, comentaban entre ellas algunas de mis travesuras de cuando yo era niño... Entonces me parecían mucho más altas que hoy... Y la pila central con su hermoso pato de cemento, que una vez me quedé con la mitad de su pico en las manos y por consiguiente caí al agua, eso no lo sabía nadie.
Luego viendo la fortaleza, edificada en piedra de nuestras canteras del sur, la torre de la Iglesia "Nuestra Señora de la Peña de Francia" elevé la mirada hacia su cúpula y vi. El cielo enlutado por grisáceas nubes de pronunciada oscuridad, entonces reflexioné durante unos instantes, haciéndome la pregunta de que si era yo o era el tiempo, que parecíamos sufrir las mismas inclemencias depresivas con los sombríos perfiles que nos acompañaban... La tarde, y yo deambulando, hallamos dispersos detalles que nos involucraron en la nostálgica danza de los recuerdos que no quieren morir...
Sin dejar de pensar, después de recrearme en todo mi entorno, acaricié como quién se despide para siempre, todo aquello que me traía tantos recuerdos; en mi subconsciente vi a las gentes que hoy no están en realidad presentes, que se fueron... Y sentí tales desconsuelos, que tuve la necesidad de ahuyentar mi dolor yendo a los pies del Gran Poder de Dios. Cerré los ojos y no querían abandonarme los recuerdos que seguían mortificándome y mi dolor aumentando... ¡Cuántos años han pasado desde entonces!
¡Señor, tu Reino es grande!, ¿hay cabida para todos? Quisiera verles nuevamente. Y, ¿cuántos de ellos habrán venido a verte cuando TE encuentras solo entre estas gruesas paredes?
Esa tarde acompañé al Viejito, no sé el tiempo, parecía que estaba con todos aquellos que nos han dado la triste despedida de ese viaje inevitable...
Y, advertido ya, de lo tarde que era, me persigné y salí del Templo. La lluvia había cesado y el cielo descubierto por completo me ofrecía el azul aún perceptible de su celestial bóveda, todo había cambiado de aspecto.
Desde algún lugar cercano me llegaba el eco de acordes musicales, algo sonaba que me agradaba al tiempo que caminaba hasta llegar a la calle Quintana. Parecía como si la gente fuera más sonriente, o era yo que estaba alegre, feliz de haber vivido el grato placer de acompañarle unos momentos en esa comunión espiritual que tanto necesitaba... Me sentía el más feliz de todos los portuenses; fui calle abajo, hacia la Plaza del Charco como en los viejos tiempos, con expresión ilusionada, sin preocuparme nada. Era la tarde de un desapacible invierno, no precisamente una tarde luminosa del mes de julio, de un año cualquiera, nada había cambiado igual que hoy, éramos más felices, sin tantos disgustos y contrariedades…