Periódico digital del Norte de Tenerife
Rafael Cerrato Salas
¿A QUE SE DEBEN LAS CONVULSIONES DEL MUNDO ISLÁMICO?
Desde hace un año, son numerosos los acontecimientos conflictivos que se están produciendo en el mundo islámico. No quiero entrar en la historia del Islám, ni es mi intención analizar con profundidad en este texto su problemática. Sólo pretendo dar a conocer al lector, si es que no lo conoce ya, el nacimiento de esta religión, con un resumen breve de la biografía de su profeta y fundador y alguna reflexión final. Después, que sea el lector quien juzgue:
Mahoma (c. 570-632), principal profeta del Islam. A veces se le describe como fundador de dicha religión, aunque ello constituye una simplificación desde el punto de vista religioso e histórico. Desde una perspectiva religiosa, los musulmanes conciben el Islam como el monoteísmo puro original que Alá (Dios) dio a conocer a la humanidad desde la creación, y que fue revelado mediante muchos profetas anteriores a Mahoma. Desde un punto de vista histórico, el Islam –tal y como lo conocemos– es una religión compleja y llena de contradicciones que no debe considerarse como creación de un solo hombre.
Las numerosas fuentes de la vida de Mahoma son textos escritos en árabe por eruditos musulmanes. Los más antiguos datan, en la forma en que nos han llegado, de más de 100 años después de su muerte (632). El relato más antiguo de su vida que ha sobrevivido es el compilado por Ibn Ishaq, que murió en el 768. Todas las versiones de su obra son fechadas, cuando menos, una generación después de Ibn Ishaq.
Los relatos que aparecen en estas obras no siempre son congruentes ni uniformes. A menudo contienen distintas versiones del mismo acontecimiento, que en ocasiones se contradicen entre sí. Cualquier intento de resumir la vida de Mahoma tal y como la concibe la tradición musulmana es una selección de la enorme masa de detalles existente. Numerosos especialistas modernos se han mostrado dispuestos a reconocer que los relatos cronológicos de la vida de Mahoma son más o menos auténticos en esencia, dejando al margen una importante cantidad de material legendario, algunos milagros y los elementos sobrenaturales.
Los estudiosos no musulmanes han hecho especial hincapié en la importancia de las rutas comerciales del oeste de Arabia en la creación de las condiciones sociales que llevaron al ascenso de la nueva religión, abriendo las puertas de la región a las influencias judía y cristiana. Sin embargo, algunos han afirmado que para poder evaluar la autenticidad histórica de los relatos tradicionales, es necesario comprender en mayor profundidad cómo, cuándo y por qué surgió, en aquel momento en que se calcula que en Arabía había unos doscientos dioses, aunque predominaban los judíos y cristianos.
Se cree que Mahoma nació en La Meca, ciudad de Arabia occidental (la región conocida como Al-Hijaz). Las fechas del nacimiento son diversas. Una tradición comúnmente aceptada lo sitúa en "el año del elefante", que se ha interpretado como una referencia al año en que un gobernante abisinio de Yemen envió una expedición para destruir la Kaaba de La Meca. Según la tradición musulmana, en la expedición —un estrepitoso fracaso— las tropas invasoras llevaban un elefante. Los especialistas modernos sitúan este episodio en el año 570 d.C. (algunos precisan que el 27 de agosto). Su familia pertenecía al clan de los Hashim, de la tribu de los Quraysh. Su padre, Abdallah, muerto dos meses antes de este hecho, fue hijo de uno de los pontífices del célebre templo de la Kaaba, y su madre, Amina, era hija de un jefe de tribu y murió cuando él era muy pequeño.
Mahoma fue primero amamantado por su madre, y después, según costumbre, enviado a una tribu nómada del desierto, donde permaneció hasta la edad de tres años. Apenas salía de la primera infancia cuando su madre murió, dejándolo al cuidado de su abuelo, Abd-el-Mottatib, que lo crió en medio de comodidades. Pero éste murió dos años después de Amina y, recogido por un tío suyo, un comerciante permanentemente de viaje, Mahoma debió aprender a cuidarse a sí mismo.
La tradición da cuenta de señales y portentos sobrenaturales en torno a la concepción y nacimiento del profeta. Se dice que se le impuso el nombre de Mahoma a causa de un sueño que había tenido su abuelo. También se afirma que recibió otros nombres, como Abul-Qasim, Ahmad y Mustafá.
Se afirma asimismo, que Mahoma visitó Siria en su juventud como integrante de una caravana comercial de La Meca. Mientras estaba allí fue reconocido como profeta por hombres santos y eruditos judíos y cristianos (que yo sepa ni el cristianismo, ni la biblia hablan de este advenimiento profético. La biblia habla de la venida del Mesias y no de ningún profeta) que afirmaban que su llegada había sido augurada por sus propias escrituras. Su condición de profeta quedaba indicada por ciertas marcas en su cuerpo y por señales milagrosas de su naturaleza. Cuenta la tradición que durante este viaje conoció en un monasterio cristiano de la ciudad siria de Bosra a un fraile nestoriano que lo inició en el conocimiento del Antiguo Testamento.
A la edad de 20 años, poco más o menos, Mahoma tomó parte en un combate que ocurrió entre los coreixitas y otras tribus, mostrando en él los talentos militares que debía manifestar más adelante. Su reputación era excelente y su benevolencia y sinceridad le habían granjeado entre los coreixitas el sobrenombre de Amín, es decir, Fiel.
Su tribu, los Quraysh, gozaban de buena reputación como mercaderes. Una viuda llamada Jadiya le contrató para administrar sus asuntos. Impresionada por su honestidad e inteligencia, le propuso matrimonio. La tradición afirma que tuvo que volver a Siria y pudo ver de nuevo al fraile que le había enseñado el Antiguo Testamento, y a su regreso, se casó con la rica viuda de 40 años. Mahoma tenía 25 años cuando desposó a Jadiya, que mientras vivió no volvió a contraer nupcias. Tras la muerte de Jadiya, mantuvo relaciones con otras mujeres, la más conocida de las cuales es quizá la joven Aisha.
Se dice que Mahoma tenía 40 años cuando sufrió su primera experiencia profética. No siempre se la describe del mismo modo, pero una de las tradiciones más difundidas sostiene que tuvo lugar cuando se había retirado a una cueva del monte Hira, en las afueras de La Meca. Allí tuvo una visión del arcángel Gabriel y una experiencia de gran dolor y tensión, hasta el punto que pensó que iba a morir. Cuando el ángel le ordenó "predicar" (iqra), se sintió incapaz de hacerlo y no supo qué decir, (algunos historiadores hablan de posibles ataques epilépticos, otros más extremistas de alucinaciones producidas por el consumo de hachís, yo en esto ni entro ni salgo). El dictado que recibió le imponía repetir la sentencia que hoy es el comienzo del capítulo 96 del Corán: “¡Predica en el nombre de tu Señor, el que te ha creado! Ha creado al hombre de un coágulo. ¡Predica! Tu Señor es el Dadivoso que te ha enseñado a escribir con el cálamo: ha enseñado al hombre lo que no sabía". Tras un breve período durante el cual no recibió ninguna otra revelación, éstas se reiniciaron y continuaron hasta el final de sus días. Al volver fue a ver a su mujer, Jadiya, con el rostro trastornado, y le habló de este modo, según los historiadores árabes: “Vagaba yo esta noche por la montaña, cuando la voz del ángel Gabriel resonó en mis oídos, diciéndome: ‘En nombre del Señor que ha creado al hombre y que viene a enseñar al género humano lo que no sabe, Mahoma, tú eres el profeta de Dios, yo soy Gabriel.’ Tales han sido las palabras divinas y desde ese momento he sentido dentro de mí la fuerza profética.” En vez de al arcángel, pudiera se que en su alucinación viera al diablo (¿Salman Rushdie?).
Jadiya creyó en la misión profética de su esposo, y fue a informar de ello a uno de sus primos, llamado Waraka, que era tenido por hombre muy instruido. Éste declaró que, si Mahoma decía la verdad, había visto aparecer al mismo ángel que antiguamente se había mostrado a Moisés –¿Dónde dice esto la Biblia?, La visión de Moisés fue en la zarza ardiendo y habló directamente con Yahvé– y que estaba destinado a ser el profeta y el legislador de los árabes.
Satisfecho con este apoyo, Mahoma manifestó su alegría dando siete vueltas a la Kaaba, después de lo cual entró en su casa. A partir de entonces, según el historiador árabe Abulfeda, las revelaciones no cesaron. Durante tres años Mahoma no predicó sino delante de sus parientes inmediatos: gente generalmente de influencia, por su edad y posición, que vieron en este visionario la posibilidad de aumentar sus influencias y sus riquezas. Cuando estuvo seguro de su apoyo, anunció en público su misión, y empezó a combatir el politeísmo, cuya sede era el templo de la Kaaba, asilo sagrado de todos los dioses de Arabia.
Las primeras tentativas del profeta no fueron afortunadas. Lo único que consiguió fue ponerse en ridículo; era lógico, dadas las contradicciones en que caía constantemente. Pero los coreixitas, guardianes de la Kaaba, cansados de la insistencia del profeta, pasaron de la burla al furor, llegando a amenazar de muerte a Mahoma y sus partidarios.
Durante mucho tiempo los coreixitas albergaron la intención de agredir al profeta, pero como según las costumbres árabes todos los individuos de una familia están obligados a protegerse mutuamente, tocar a Mahoma era exponerse a seguras represalias por parte de sus numerosos parientes.
Un decenio pasó Mahoma predicando su doctrina, y tenía ya cincuenta años de edad cuando sufrió dos pérdidas de mucha importancia: la primera, la muerte de su tío Abú Taleb, y la otra, el fallecimiento de su mujer, Jadiya, cuyos parientes tenían también mucha influencia. Cuando los coreixitas vieron que Mahoma atraía día a día a nuevos afiliados, se exasperaron, y como no podían tolerar ninguna religión nueva, capaz de perjudicar sus intereses, se reunieron y acordaron la muerte del profeta. Mahoma no tuvo conocimiento del complot sino cuanto los conjurados rodeaban ya su casa. Sin embargo, pudo deslizarse fuera en medio de la noche. Después de burlar todas las persecuciones, logró, en compañía de su amigo Abú-Bekr (más tarde su suegro, pues era padre de Ayesha, esposa preferida de Mahoma), llegar a la ciudad de Yatreb, que desde esta época recibió el nombre de Medina.
Para comprender el desarrollo de la predicación de Mahoma es necesario tener cierta idea acerca del orden en que le llegaron las revelaciones. Cuando éstas fueron recopiladas tras su muerte para elaborar el Corán, no se hallaban organizadas atendiendo a ningún orden: las revelaciones que se consideró acaecieron en diversas épocas de su vida se relacionaron para nutrir los capítulos del Corán. Los eruditos musulmanes tradicionalistas y modernos elaboraron diversas hipótesis acerca de los lazos existentes entre algunas de las secciones del Corán con episodios de la vida de Mahoma, aunque, en general, suele aceptarse que las primeras revelaciones fueron breves, y que se caracterizaban por un vigoroso lenguaje semipoético. En todas ellas se advierte que los hombres serán inevitablemente juzgados por Dios por su mala conducta en el mundo terrenal, y castigados con severidad si no se corrigen. A medida que pasaba el tiempo, y al ir adquiriendo Mahoma autoridad sobre la primera comunidad musulmana de Medina, se cree que las revelaciones se hicieron más largas, con un tono menos urgente, centradas en la solución de los conflictos prácticos que debían afrontar él y sus seguidores.
Existen dos relatos que, según la tradición, se remontan al comienzo de la trayectoria de Mahoma como profeta, aunque algunos especialistas modernos los consideran narraciones típicas de un drogadicto, o un enfermo (vuelvo a insistir, ni salgo ni entro) acerca de su aprendizaje. Uno de ellos tiene que ver con la visita a Mahoma, mientras dormía, de dos ángeles que le abrieron el pecho y eliminaron toda huella de incredulidad y de pecado que encontraron en él. El segundo cuenta cómo Mahoma fue llevado por la noche desde el lugar de La Meca donde dormía hasta el trono de Dios en los cielos. Por la mañana se encontró de nuevo en La Meca. Se trata del famoso relato del Viaje Nocturno (Isra), que proporcionó la temática para gran cantidad de alegorías en el Islam místico (sufí) y que con toda probabilidad haya inspirado la Divina Comedia de Dante.
Las tradiciones acerca de quiénes fueron los primeros seguidores de Mahoma en La Meca, aparte de Jadiya, son muy variables. Sin embargo, todas coinciden en que los seguidores de Mahoma no eran numerosos y que la mayoría de los habitantes de la ciudad le reprochaban subvertir la religión de sus antepasados.
Un episodio controvertido, testimoniado por algunas de las fuentes tradicionales, pero que muchos musulmanes rechazan como invención, es el de los "versos satánicos". La narración cuenta que Mahoma, desesperado por atraer hacia su causa a los habitantes de La Meca, fue tentado por Satán para proclamar como revelación divina determinados versículos que, de hecho, eran una perversión de la verdad. Estos versículos reconocían a tres diosas que los residentes de La Meca adoraban, otorgándoles un lugar en el Islam como intermediarias entre Dios y los hombres. Al oír esto, las gentes de La Meca aceptaron el Islam. Sin embargo, el ángel Gabriel comunicó más tarde a Mahoma que la supuesta revelación provenía de Satán y no de Dios, y le reveló las palabras exactas (que hoy leemos en el Corán). En la versión ortodoxa, las diosas eran descalificadas como "meros nombres", sin poder ni verdadera entidad. Cuando les fueron revelados los versículos auténticos, los habitantes de La Meca abandonaron el Islam y abrazaron sus antiguas creencias paganas.
La oposición contra Mahoma y sus seguidores en La Meca alcanzó tales proporciones que, tras enviar a sus adeptos a buscar refugio en la cristiana Abisinia (hoy Etiopía) y después de un intento fallido de obtener apoyo en la cercana ciudad de Taif, en el año 622 Mahoma se trasladó con algunos de sus compañeros al asentamiento agrícola de Yatrib, a unos trescientos kilómetros al norte. Este suceso, conocido como Hijra (o Hégira), fue el punto de inflexión de la suerte de Mahoma. Tras la Hégira se estableció la primera comunidad musulmana (umma) en Yatrib, y más tarde el episodio marcó el inicio del calendario musulmán, conocido como "era de la Hégira". Poco después, Yatrib cambió su nombre por Medina.
La fuga del profeta, o Hégira, ha sido para los árabes la fecha de la numeración de los años, empezando su era el día en que ocurrió aquel suceso: año 622 d.C. La entrada del profeta en Medina fue un triunfo; sus discípulos sombreaban su cabeza con ramas de palma, y el pueblo se precipitaba en masa a su encuentro.
Según algunas tradiciones, Mahoma había sido invitado a residir en Medina por algunos de sus habitantes, a fin de servir como conciliador entre diversas facciones. Tal es la explicación más generalizada de por qué se le aceptó con tanta rapidez como figura investida de autoridad. Al principio, la comunidad que dirigió estaba formada por musulmanes y por paganos, que convivían con gran número de judíos residentes en la ciudad. En los años posteriores a la Hégira, la comunidad se fue convirtiendo cada vez más al Islam, aunque se comprende que muchos de sus miembros no aceptaron este credo por convicción, sino por miedo o por oscuros intereses. En la tradición suele denominárseles "hipócritas" (munafiqun). Muy pocos judíos aceptaron el Islam, aunque en su mayoría fueron expulsados o ejecutados por orden de Mahoma a medida que su relación con ellos empeoraba. Se creía que eran agentes o aliados de sus enemigos.
Así que estuvo en Medina, Mahoma empezó a organizar el culto que había fundado; y el Corán, que entonces no era más que un bosquejo, fue completándose gradualmente, por medio de frecuentes revelaciones que el cielo enviaba al profeta en todas las circunstancias difíciles.
Mahoma instituyó una tras otra las prácticas del islamismo, como la oración, repetida cinco veces al día a la voz de los llamamientos que desde las mezquitas hacían los muecines –en un principio se dice que pensó que en vez de cinco fuesen veinte. ¡Dios nos pille confesados si esto se llega a poner en práctica!–; el ayuno del Ramadán, o sea completa abstinencia de comida desde la aurora hasta el ocaso durante un mes, las peregrinaciones a La Meca y, finalmente, el diezmo, para que cada musulmán contribuyese a los gastos del culto que acababa de fundarse.
Una de las razones que explican la creciente aceptación de la autoridad de Mahoma en Medina fueron sus éxitos militares. Los ataques contra caravanas de La Meca desembocaron en una importante victoria sobre una poderosa fuerza militar de esta ciudad en Badr, en 624. Los ataques de La Meca contra Medina fueron rechazados con dificultad en las batallas de Uhud (625) y Ditch. A medida que crecía el prestigio de Mahoma, las tribus vecinas comenzaron a establecer alianzas con él y a aceptar el Islam. En el 628 pudo firmar el tratado de al-Hudaibiya con La Meca. Aunque este tratado implicaba una serie de concesiones de su parte, tuvo el efecto de igualar el rango de su comunidad con el de La Meca. En el año 630 consiguió hacerse con el control de La Meca casi sin oposición. Los habitantes de la ciudad, que se le habían enfrentado en otra época, aceptaron el Islam. La Kaaba, que ya se había convertido en elemento central de las ideas del Islam, fue al fin abierta a los musulmanes.
La influencia de Mahoma continuó creciendo durante muchos años, pero esta influencia no podía generalizarse sobre Arabia y los árabes sin que el profeta se apoderara de La Meca. Antes de apelar a las armas, quiso valerse de las negociaciones, y se presentó delante de la ciudad santa acompañado de 1.400 discípulos. No logró que le abriesen las puertas, pero los mensajeros que le enviaron los coreixitas quedaron muy sorprendidos por la veneración de los compañeros del profeta hacia su maestro.
Viendo cuánto crecía su influencia, Mahoma determinó hacer otra tentativa para apoderarse de La Meca, y juntando un ejército de 10.000 hombres, el más poderoso que hubiese mandado hasta entonces, se presentó ante la ciudad, y como su prestigio había llegado a ser tan grande, el año 630 entró en ella sin combate e hizo derribar los ídolos de la Kaaba. Dos años después murió en Medina, cuando ya había conseguido imponer su doctrina a toda Arabia. Por medio de la religión y la guerra santa, había logrado la unidad del pueblo árabe.
Tras la conquista de La Meca, el prestigio y la autoridad de Mahoma siguieron expandiéndose por toda la península arábiga, y las fuerzas musulmanas llegaron al sur de Siria. En el año 632, Mahoma viajó por última vez desde La Meca a Medina para realizar las ceremonias del peregrinaje (hach). Este episodio se denomina Peregrinaje de Despedida, ya que poco después, tras regresar a Medina, falleció. Fue sepultado en su casa de Medina, y la segunda mezquita en importancia del Islam se construyó en las inmediaciones de su tumba.
Sin embargo, no había determinado las reglas de sucesión a la jefatura del Islam, por lo que, a su deceso, los principales muslimes nombraron, de común acuerdo, seis electores para que eligieran los cinco primeros califas sucesores del profeta. El primero de ellos fue Abu-Bekr, quien convocó a los guerreros de todas las tribus, con la orden de conquistar los poderosos reinos de Persia y Siria. Se continuaba, así, la guerra santa, iniciada por el profeta, la etapa de expansión del Islam.
A partir del año 632, fecha de la muerte de Mahoma, sus sucesores, los califas, construyeron un gran imperio musulmán. El primer califato, llamado legítimo u ortodoxo (632-661) conquistó Siria, Palestina y Egipto (las zonas más ricas y pobladas del Imperio Bizantino) y los territorios dominados por Persia. En el 661, tras el asesinato de Alí, primo de Mahoma, nació el califato Omeya, cuya capital se asentó en la ciudad de Damasco.
La corte de los califas adoptó un refinamiento y una estructura administrativa inspirados en los modelos bizantinos y persas; el Imperio quedó organizado en una red de provincias gobernadas por los emires, o walíes, bajo la dirección suprema del califa (soberano político y religioso) y sus colaboradores, el Mexuar (consejo), el hachib (primer ministro), los visires (ministros) y los cadíes (jueces). En el año 750, los chiítas, secta musulmana formada por los partidarios de la dinastía de Alí, destronaron a los omeyas e impusieron un nuevo califato, el abasí, con capital en la ciudad de Bagdad. A partir de ese momento se inició un período caracterizado por la progresiva fragmentación del imperio árabe hasta la desaparición del califato en 1258 y el surgimiento de distintos reinos musulmanes, entre los que alcanzó un papel sobresaliente el de los turcos otomanos.
Bien, estos datos sobre la biografía de Mahoma, comparados con la vida de Jesucristo, o cualquier otra reencarnación de la divinidad, nos dan una idea, cuanto mínimo, de las dudas en cuanto a la autenticidad de este profeta. En primer lugar, ni Cristo ni Buda, nos hablan de revelación, sus conocimientos provienen o bien de estudios y aprendizajes o bien de profundas y razonadas meditaciones que les unían a Dios, a la vista de las circunstancias de que se rodeaban. En segundo lugar, ninguno de ellos se atribuye a sí mismo la exclusiva del conocimiento, ambos son tolerantes con las demás religiones existentes y, si argumentan contra ellas en muy pocos casos, sólo lo hacen con las palabras y haciendo ver, o tratando de hacerlo, los errores que éstas puedan contener. En tercer lugar, ninguno de ellos pretende fundar una religión, sólo dan sus testimonios y los hombres tras su muerte las han fundado, sólo Mahoma y sus seguidores lo hacen en vida del profeta. Tampoco ninguno de ellos establece un complicado sistema de leyes, sólo Mahoma, que yo sepa; ni Jesús Cristo, ni Buda, establecen ley alguna. Ninguno intenta imponer la religión por las armas. El cristianismo lo hizo posteriormente –y de qué manera– muchos años después de la muerte de Cristo, pero Cristo, jamás tomó una espada contra nadie, al contrario. Sin embargo, Mahoma en vida es el primero que lo hace, comenzando a propagar su mensaje por las armas. En fin, la vida de Mahoma nos habla de lo contrario de un enviado de Dios. Más bien parece un iluminado, manipulado por su familia y tribu, para establecer un imperio basado en un sistema de leyes falsamente reveladas por Dios. Distorsiona a su antojo la Biblia y los Evangelios, y se contradice montones de veces. Dicta leyes en muchos casos bárbaras e intolerantes, que manipulan a las personas, y que son bastantes semejantes a los más terribles fascismos, que coartan la libertad de conocimiento y el desarrollo personal, que establecen la guerra santa como una obligación de todo musulmán, que esclavizan a la mujer como a un ser inferior y que, para que se puedan mantener en los tiempos actuales, sólo se pueden conseguir o bien cortando toda posibilidad de desarrollo mental de sus pueblos, o imponiéndolas mediante la más feroz tiranía. Religión que por donde ha pasado no ha logrado vivir en paz con sus vecinos, salvo muy contadas ocasiones, ya sea en la India o en Occidente. Religión que para que se asiente necesitaría unos 500 años de madurez, una o varias revoluciones como la que se está produciendo en la actualidad, aunque ya veremos como acaban estas, y el surgimiento con fuerza de una filosofia crítica.
Por último, para acabar con este tema del Islam, voy a copiar aquí, el resumen literario, que leí hace unos meses en un periódico, de una obra que se publicó en Inglaterra, en 1995, Por qué no soy musulmán.
“Su autor, Ibn Warraq, evidentemente un seudónimo, ya que si usara su nombre original sería condenado a muerte como Rushdie, compone una serie general de acusaciones contra el Islam, abordando los aspectos centrales del dogma y la praxis islámicos. Algo inusual y sorprendente viniendo de un musulmán de origen, porque en esa religión y en la sociedad que genera, la autocrítica suele brillar por su ausencia.
No voy a extenderme en el comentario de todos los asuntos que aborda, pero no deja fuera ninguna de las cuestiones fundamentales acerca de las creencias y el funcionamiento del Islam y de sus relaciones con el resto de la humanidad. El Coran y su carácter divino e inmutable y, por tanto, de imposible reinterpretación (a diferencia de la Biblia o el Nuevo Testamento, que, con el paso de los tiempos, han sido cribados por la razón humana y han sufrido numerosas interpretaciones, hasta el punto de que hoy en día casi nadie las asume al pie de la letra). La figura de Mahoma y su más que discutible santidad. El imperialismo árabe, arrasador de culturas preexistentes (aspecto que ignoran en sentido literal, casi todos los apologistas occidentales). El innegable papel de inferioridad de la mujer, por mucho que intenten disfrazarlo. El no menor aplastamiento de los dhimmies (sometidos practicantes de otras religiones). El mito de la tolerancia islámica. La masiva falsificación de hadices, base de la sharia, junto con el Corán, cuya divinidad no se acepta.
El autor, cuyo seudónimo significa, el papelero o el copista, reivindica su derecho a equivocarse, a apostatar, a cambiar de religión sin que por ello se le aplique la pena de muerte prevista en el Derecho islámico.
Ibn Warraq no ve posibilidad de acomodo entre “Razón de Dios” y “Razón humana”, mientras la oligarquía de jurisconsultos, jeques y funcionarios religiosos más o menos burocratizados no acepte someter a discusión todo el entramado, es decir, cuando dejen de ser musulmanes en el sentido actual. Según sus propias palabras, la única solución es que el debate sobre los derechos humanos no se lleve a cabo en la esfera religiosa, sino en el ámbito del Estado civil. Es decir, que se separe la religión del Estado y se creen estados laicos, en los que el islamismo quede relegado a la esfera de los personal, en cuyo caso, evidentemente, desaparecerá. Esto, hoy por hoy, continúa provocando persecuciones como la de Rusdhie, los egipcios Nasr Abu Seid y Nawal, as Sa’dawi, ejecuciones públicas como la del filósofo sudanés Muhammad Taha o asesinatos como el del escritor egipcio Farag Foda. Contestar a este vendaval de desmanes con el recuerdo de la Inquisición o del colonialismo ( Pocos paises islámicos han sido colonizados por los paises europeos, los paises islámicos, si han sido colonizados, lo han sido por otro país igualmente islámico, salvo muy contadas excepciones) no sólo es injusto (los occidentales hemos superado esa barbarie hace años), sino que es una coartada perfecta para mantener a los países islámicos inmersos en el fanatismo y la ignorancia, porque como señala el propio Ibn Warraq, “la causa principal del fundamentalismo islámico es el propio Islam”. ¿Qué tiene que ver la política exterior de Estados Unidos con la lapidación a muerte de una mujer por presunto adulterio en Nigeria? Sólo tiene que ver con el islamismo y la Ley islámica. La teoría y la práctica de la yihad no se tramaron en el Pentágono, sino que derivan directamente del Coran y el hadiz. Pero a los liberales y los humanistas occidentales les cuesta aceptar esto. Su problema es que son amables, patológicamente amables. Creen que todo el mundo piensa como ellos. Para los humanos, los terroristas no son más que ángeles desilusionados. Los países islámicos no progresarán nunca si continúan culpando a Occidente de todos sus males. Quejarse del imperialismo americano no sacará a las naciones islámicas del pantano en que ellas mismas se han hundido”.
Enfin, repito que estas palabras son de un musulmán renegado, no mias. Mi pensamiento sobre esta religión es bien distinto y pretendo respetar a la misma como respeto a las demás.
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