Periódico digital del Norte de Tenerife
Madre. Te echo de menos. Te sigo queriendo.
Madre. Adela.
Todavía huelo tu pelo.
Todavía las caricias de esas manos. Madre. Tantos años ya.
Una muerte injusta, rápida, dolorosa.
Una muerte nauseabunda que se lleva besos, susurros, comidas, juegos.
Una muerte que despoja de inocencia al niño.
Un niño que a las cuatro de la tarde de un sábado del 25 de septiembre de 1976 se queda solo, en la penumbra, odiando, maldiciendo.
Y sí, Madre, todavía hoy duele, hay un dolor caudaloso.
Aquí, en el corazón, en los ojos, en la cabeza.
Dame tu beso, Madre, dame tu caricia, Madre, dame la palabra de vida que llevo tiempo aguardando.
Ay, Madre.
Y mi Padre, ya viejo, vive y pelea.
Añora la mar, el barco, la pesca, las viejas, el trabajo.
Mi Padre tiene los ojos pequeños,
pero en ellos cabe la mar, toda la pesca,
toda la historia viva de un pueblo marinero, humilde,
tan pequeño que la mar lo convierte en gigante.
Mi Padre vive para narrar historias, para soñar con sirenas.
Y vive también para quedar con la certeza de que la compañera aguarda,
allá, en paz, fiel, serena.
Ay, Padre.
Ahora, cuando la luz del día muere,
ahora el recuerdo de un tiempo pasado enciende la luz que da vida.
Muerte y Vida.
Madre y Padre.
Y la mar, esa mar que trae siempre el primer beso, la primera llamada,
la confirmación de que volveremos a estar juntos.
En la mar. En la Gloria.