Periódico digital del Norte de Tenerife
Evaristo Fuentes Melián
Por mucha parafernalia que le hayan añadido a Michael Phelps, ese atlético muchacho nadador de 26 años de edad, nacido en Baltimore (EEUU), que se ha bebido todas las medallas de oro que le pusieron por delante en Pekín 2008 (¿Beijgin?, ¡qué cursilada!), y ahora en Londres 2012, a mí me parece, con esa cara de pánfilo que Dios le dio, con esos ojos extraviados a punto sintomático de paranoia irredenta, a mí me parece, digo y repito, un ente humanoide, un robot, una caricatura del hombre araña, aunque en otro medio más espeso y denso que el aire, como es el agua.
A Michael Phelps, los doctos adivinadores del porvenir, nada más salir del claustro materno, por su manera de mover y sacar sus manos, desde que rompió aguas su feliz mamaíta, los conspicuos especialistas deportivos dijeron:
“Este, ¡pa natación!”
Y, a partir de ahí, el niño Michael Phelps fue creciendo y creciendo físicamente, pero sentimental y sicológicamente se constituyó y devino en un grandullón infantiloide de marca mayor, y nunca mejor dicho. En vez de aprender en el jardín de la infancia las obscenidades que aprenden y dicen todos los peques, a este Michael le enseñaron una retahíla inaguantable; es decir, que en vez de caca, pis y mama-tetas (dos), le obligaron a pronunciar repetitivamente: “piscina, piscina, piscina”, con lo difícil que ello es para un neófito como él, con su cuasi afasia irreversible.
En efecto, cuando lo exhibieron ante las cámaras de TV en Pekín 2008 y ahora en Londres 2012, sus frases hechas, dictadas y deletreadas en un rótulo junto al objetivo, le salieron peor y menos inteligibles que las de un compañero mío del cole, un tartamudo de cuidado, que en los exámenes orales, como se trababa en todo, le permitían escribir las respuestas en la pizarra.
Michael Phelps, tío, confieso que me has decepcionado, la vida tiene otras metas además de las de llegar primero, después de recorrer cientos de metros, como un orate, ‘pacá y pallá’, en un vaso acuoso milimétricamente rectangular, que ni siquiera tiene un solo pulpo gigante de cemento color chillón, como los que hay en las piscinas normales para recreo de los niños.
Y si nos ponemos en situación de buen humor, hasta Chiquito de la Calzada te da ciento y raya, como en aquel chiste en que Chiquito se bota desde el trampolín más alto a una piscina vacía y sale ileso, porque hay colocada una toalla en el fondo que amortigua el golpe. Esto sí que es arte, mucho más que nadar sobre agua, que lo hace hasta una señora coja que frecuenta la playa que yo frecuento, y que, si bien hay que ayudarla en la arena a entrar y salir del agua, ya dentro del líquido elemento se defiende mejor que nadie.
Eres un simplón de tomo y lomo, Michael Phelps, te has pasado la vida nadando por y para tus plusmarcas, pero ni siquiera sabes lo bonito y placentero que es ver a una gaviota canaria posándose en un risco de la costa.
Recibe un fuerte abrazo, desde la larga distancia que nos separa, de este que te precia.
Espectador