Periódico digital del Norte de Tenerife
¿Lo pueden imaginar? Verán.
Lorenzo de Ara Rodíguez
Me pongo a escribir con un cabreo monumental. Me hierve la sangre. He golpeado la mesa, le ha pegado al pobrecito ordenador. Pobrecito mío.
He hecho añicos un lápiz con el que escribía algunas tonterías en un blog de notas. En fin, estoy que hecho espuma por la boca y no me tranquilizo porque no me da la gana.
Llevo insultos en la boca y en la cabeza. ¿Qué pasa? Al que tranque en este segundo lo pongo a caer de un burro.
Ahora resulta que si queremos arreglar la playa Martiánez debemos tener en cuenta a los surfistas.
Oiga. Mucho cuidado con eso.
Hay que contar con los surfirtas antes de acometer alguna obra de importancia que mejore la imagen y los servicios de una playa que hoy ni es playa ni es nada para disgusto del sector turístico y de los usuarios que todavía se bañan en sus aguas.
Es la desgracia de una ciudad a la que miran con lupa algunos opinadores, periodistas sin noticia y personajillos de tres al cuarto con ideas románticas y horas, muchas horas por delante.
Por culpa de esa desgracia la ciudad sigue estancada, metida en el sumidero del proceso degenerativo que la paraliza.
¿Algo que hacer en Martianez?, Pues no. ¿Algo que hacer en el antiguo hotel Taoro? Pues no. ¿Algo que hacer en el muelle deportivo o en el más importante todavía Parque Marítimo? Pues no. Nada de nada.
Puerto de la Cruz no se toca porque siempre hay un colectivo que impone su criterio al de la mayoría. El colectivo siempre tiene voceros para hacer que su queja (legítima) se oiga y se tenga en cuenta.
Y mientras tanto, la ciudad se pierde. Mientras tanto la ciudad agoniza. Mientras tanto las olas vienen y van, como han hecho desde que el mundo es mundo, y en él hay océanos y mares.
Pasa también con el Valle de La Orotava. Sin campo de golf, sin ocio, sin posibilidad real de competir con otras zonas turísticas. Todo lo que se proyecta para la comarca choca frontalmente con el no de una minoría que hiede a verdad totémica.
Qué paciencia, Señor, qué paciencia.